La novela romántica que ha seducido a millones de mujeres en todo el mundo

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GALATEA
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Una propuesta inmoral, uno de los relatos más explosivos de Galatea, cuenta la historia de un “contrato de amor” entre dos personas que nunca juntarías: una virgen sin blanca de 23 años y el mayor playboy multimillonario de Nueva York. ¿Podrá lo que empezó como un estricto negocio convertirse en placer? Sigue avanzando para leer los primeros capítulos de Una propuesta inmoral de forma gratuita o descárgate la aplicación y piérdete en toda la serie ahora >>

Capítulo 1 - Firmar un alma

La chica de mi lado chilló cuando dí un volantazo para doblar la esquina. Se rió, eufórica por la velocidad y las abundantes botellas de champán.

—¡Xavier! —Se mordió el labio y sus manos recorrieron mi muslo. Hay dos cosas que garantizan la excitación de una chica.

El rugido de un deportivo y un montón de dinero.

Aceleré el motor, poniendo mi Lamborghini a toda velocidad por las pintorescas carreteras de Mónaco. La rubia explosiva que estaba a mi lado se estremeció de placer, acariciando el bulto de mis pantalones. Era modelo y estaba en Mónaco para un desfile de moda.

Ya habíamos follado unas cuantas veces.

Ni siquiera sabía su nombre.

Sonreí mientras me bajaba la cremallera de los pantalones, suspirando de placer mientras me llevaba a la boca.

Ahora esto era mi vida.

Acelerando por las carreteras de la bella Mónaco al volante de un Lambo, con mi polla en la boca de alguna supermodelo.

No hay responsabilidades con una empresa multimillonaria.

Sin un padre pesado respirando en tu cuello.

No hay putas de mierda que vayan a mis espaldas y...

Me salté un semáforo en rojo y el sonido de la sirena de la policía retumbó en el aire nocturno. Me detuve, observando las luces intermitentes en mi espejo retrovisor.

—Por el amor de Dios —murmuré.

La rubia empezó a levantar la vista, pero la empujé de nuevo hacia mi polla.

—¿Te he dicho que pares?

La modelo siguió esforzándose, deseosa de complacerme.

El policía salió de su coche y empezó a acercarse a mi puerta.

Bueno, pensé, mirando la cabeza que subía y bajaba en mi regazo. Esta será una buena historia.

 

Todo el mundo se cree un héroe.

Fantaseamos con momentos de gloria. Los leemos en los libros y los vemos en las películas.

¿Correr a un edificio en llamas para rescatar a un perro? Claro. ¿Donar un riñón a un amigo? Sin problema. ¿Intervenir en un robo a mano armada? Fácil.

Pero la cruda realidad es que nadie sabe cómo reaccionaría llegado el momento. Hasta que el ladrón no tenga el arma apuntando a tu sien y puedas oler la pólvora, nada.

¿Y si llega el momento?¿Serás lo suficientemente fuerte? Para enfrentarte al arma y decir: "Escógeme. Dispárame. Mátame”.

Cuando llegue el momento, ¿qué elegirás?

¿Tu vida o la de ellos?

***

Apreté la mano de mi padre, con el corazón en la garganta. Me dolía verlo así. Estaba inconsciente en la cama del hospital, con tubos conectados a los brazos y al pecho. Las máquinas sonaban a su lado y una máscara de oxígeno le cubría la cara.

Las lágrimas cayeron por mis mejillas y yo, volví a secarlas por milésima vez.

Era imprescindible en mi vida. El ancla que mantenía unida a nuestra familia. Un pilar de fuerza y salud.

Lucas, mi hermano mayor, apareció por la puerta. Me acerqué a él y lo abracé.

—¿Qué dijo el médico? —pregunté.

Lucas, miró por encima de mi hombro a papá.

—Salgamos al pasillo —dijo.

Asintiendo, me acerqué a papá y le di un beso en la frente antes de salir con Lucas fuera de la habitación.

Bajo la luz fluorescente del pasillo del hospital, recorrí a mi hermano con la mirada. Al verlo con el pelo revuelto, las mejillas sin afeitar y unas profundas ojeras moradas, supe que había tenido un día duro.

—Escucha, Angie... —Lucas comenzó a hablar. Cogió mi mano entre las suyas como hacía cuando era niña y me daba miedo la oscuridad—. Necesito que mantengas la calma, ¿de acuerdo? Sé fuerte. La noticia... es bastante dura.

Asentí con la cabeza y respiré profundamente para tranquilizarme.

—Papá... —Lucas comenzó, luego se detuvo y clavó su mirada en el techo. Se aclaró la garganta—. Ha tenido un derrame cerebral.

De nuevo, las lágrimas brotaron en mis ojos.

—Todavía no sabemos con qué intensidad le ha afectado, pero creen que la ELA ha tenido algo que ver —continuó.

—¿Qué podemos hacer? —pregunté, con voz desesperada.

—Ahora descansar —dijo Danny, mi otro hermano, desde detrás de mí. Se acercó y me dio un abrazo—. Los médicos todavía están haciendo algunas pruebas.

Mis dos hermanos compartieron una mirada, y supe que había algo que no me estaban contando.

—¿Qué? —pregunté—. ¿Qué es?

Lucas negó con la cabeza.

—Tienes una entrevista de aquí poco, ¿verdad? —preguntó—. Vete a casa y duerme un poco. Te llamaremos cuando sepamos más, ¿de acuerdo?.

Suspiré. No quería irme, pero sabía que mis hermanos tenían razón. Era importante que consiguiera este trabajo.

Nos despedimos y al salir noté el aire frío de la noche. Divisé las luces de la ciudad de Nueva York en la distancia, con un pozo de miedo en el estómago.

Me sentí impotente.

¿No hay nada que pueda hacer?

Llamé a mi asistente a mi despacho, suspirando en voz alta por la frustración. Era la tercera vez en menos de un mes que Xavier aparecía en los titulares, y no porque besara cabezas de bebés o fuera voluntario en hospitales.

No.

Mi hijo había sido arrestado en Mónaco por conducción temeraria e "indecencia pública”.

Me pellizqué el puente de la nariz.

Llamaron a la puerta.

—Pasa —dije sin levantar la vista. Entró Ron, mi asistente de veintiséis años—. ¿Has visto las noticias?.

Ron abrió y cerró la boca varias veces. No hizo falta que dijera nada. Dudaba que hubiera un alma en todo Nueva York que no lo hubiera visto. El titular estaba en todas partes.

—Llama a los abogados y trae a Frankie de Relaciones Públicas aquí. Por favor.

Ron asintió y salió corriendo de mi despacho.

Crucé la habitación hasta el enorme ventanal de cristal que llenaba toda la pared orientada al norte de mi despacho, mirando las calles de Nueva York, muy, muy abajo.

Tenía que ponerme en marcha para asegurarme de que las acciones de mi hijo no tuvieran repercusiones en la empresa, ni en él. Me gustaba decir que tenía dos hijos: Xavier y Knight Enterprises.

Rompiendo con las empresas petroleras de mis padres, construí desde cero el principal conglomerado hotelero y de hostelería del mundo. Mis dos mayores alegrías en la vida eran mi hijo y mi empresa.

Y ahora ambos estaban en peligro.

Otra vez.

Suspiré, con el rostro de mi hermosa esposa pasando por mi mente.

Oh, Amelia. Desearía que aún estuvieras aquí. Sabrías cómo ayudar a Xavier.

Mi mirada sobre las calles se desvió hacia Central Park. Mi amada y yo solíamos pasear juntos por el parque y sentarnos a comer en un banco junto a los árboles.

—¡Ron! —grité. Escuché cómo se abría la puerta de mi oficina—. Cancela mis reuniones. Voy a dar un paseo.

Caminé por los senderos moteados de Central Park, tratando de despejar mi mente. Volvía de la floristería de Em después de cerrar el día.

Los largos tallos de los sauces se doblaban con la fresca brisa del final del verano. Los cisnes flotaban en la superficie vidriosa de un estanque cercano. El parloteo de los niños que jugaban flotaba en el aire, y los amantes se abrazaban en la hierba.

Acuné un ramo de lirios entre mis brazos, reconfortándome con su suave aroma. Todavía me dolía el corazón al pensar en mi padre en el hospital, pero tenía que mantener la calma.

Me fijé en un señor mayor sentado solo en un banco, con los ojos cerrados orando. No sé qué me empujó hacia él, pero antes de darme cuenta, estaba a su lado. Parecía muy triste.

Tan roto.

—¿Disculpe? —pregunté.

Abrió los ojos y parpadeó sorprendido mientras me miraba.

—¿Puedo ayudarle? —preguntó.

—Sólo quería preguntarle si se cnuentra bien —dije—. Parece un poco... decaído.

El señor se desplazó hacia delante en el banco y señaló una placa grabada en el respaldo.

—Sólo estoy recordando a alguien importante para mí —dijo con voz triste.

Leí el grabado.

Para Amelia. Amada esposa y amorosa madre. 16/10/1962 - 04/04/2011

Se me rompió el corazón.

Le entregué mi ramo de lirios, sonriendo.

—Para Amelia —ofrecí.

—Gracias. —Se adelantó para coger el ramo, con las manos temblorosas—. ¿Puedo preguntar su nombre?.

—Angela Carson —respondí. 

Observé a Ángela marcharse, con una sensación de paz que ahuyentaba la preocupación de mi corazón. Acaricié el banco y sonreí hacia el cielo.

Gracias, mi amor. Me has mostrado la respuesta.

Metí la mano en el bolsillo de la chaqueta y saqué el teléfono.

—Ron, consígueme toda la información que puedas sobre una tal Angela Carson.

Examiné el ramo de flores que me había dado, fijándome en el nombre de la floristería impreso en el envoltorio de papel.

LAS FLORES DE EM.

Asentí para mis adentros, mientras se formaba un plan en mi mente.

—Y trae a mi hijo de vuelta a Nueva York.

Danny: Angie. Ven rápido.

Danny: Es papá.

Angela: ¡¿Qué ha pasado?!

Danny: ha tenido un ataque al corazón.

—Hemos conseguido reanimar a su padre —dijo el médico, con voz grave—. Las víctimas de derrames cerebrales son susceptibles de sufrir ataques cardíacos en las primeras veinticuatro horas después del derrame. Lo estamos vigilando de cerca y seguiremos haciéndole pruebas para ver qué podemos hacer. La forma en que lo dijo hizo que sonara como si no estuviera seguro de que hubiera mucho.

—Gracias, doctor —dijo Lucas.

El médico asintió y nos dejó solos.

—¿Cuánto tiempo va a tener que estar papá aquí? —pregunté en voz baja—. No parece que esté en condiciones de volver a casa.

—Puede que no tengamos elección —dijo Danny.

—¿Qué se supone que significa eso? —pregunté.

Mis hermanos se miraron entre sí. Mi corazón latía con fuerza en el pecho. Podía intuir que se avecinaban malas noticias. Finalmente, Lucas se giró hacia mí.

—No podemos permitirnos que esté aquí, Angie.

Parpadeé.

—¿Qué?

Danny se pasó las manos por el pelo, con el rostro demacrado.

—Estamos sin blanca.

—¿Cómo? El restaurante… —El restaurante había sido la vida de mi padre cuando crecimos. Mamá también había trabajado allí, hasta que enfermó. Mis hermanos se hicieron cargo de él en cuanto terminaron la universidad.

—Lleva un par de años con dificultades. La recesión nos pasó factura. Papá puso una segunda hipoteca sobre la casa para intentar sacarnos adelante. Lucas suspiró. Parecía derrotado.

—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunté—. Tengo mi entrevista pronto, así que quizás...

Pero Danny negaba con la cabeza.

—Las facturas del hospital no tardarán en llegar...

Ya no podía estar allí, en el pasillo, en el hospital. Era demasiado claustrofóbico. Me alejé de mis hermanos. Mis piernas temblorosas me llevaron por los pasillos y las escaleras hasta que me encontré de pie fuera, frente al hospital.

Era medianoche, así que no había nadie que me pudiera ver caer de rodillas en medio de la acera. O eso creía...

—¿Disculpe? —dijo una voz profunda detrás de mí.

Tras resoplar, levanté la vista y vi a un hombre que se acercaba a mí.

—Sí, ¿puedo ayudarle? —murmuré, limpiando mis ojos.

El hombre se arrodilló ante mí y jadeé al reconocerlo.

Era el hombre que había conocido antes en Central Park. Al que le había dado mi ramo de lirios.

—Perdón por mi intromisión. Mi nombre es Brad Knight.

Me quedé sin aliento. ¿Brad Knight?

¿Brad Knight?

¿El multimillonario detrás de Knight Enterprises?

—Eh... —tartamudeé.

—Conozco tu situación, Angela, y puedo ayudarte. Puedo ayudar con las facturas médicas de tu padre.

La cabeza me daba vueltas. Las alarmas sonaron en mi mente.

¿Cómo sabe tanto? ¿Qué quiere de mí?

—Pagaré todo. Me aseguraré de que tu padre sea atendido. Sólo tienes que hacer una cosa por mí. —Sonaba tan genuino, pero una pizca de desesperación se coló en su voz. Se recompuso, mirándome fijamente a los ojos.

—Necesito que te cases con mi hijo.

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Capítulo 2 – Oscura desesperación

Emily frunció el ceño al verme hurgando en una tarrina de helado de Ben y Jerry’s en pijama, con el pelo recogido en un moño desordenado.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Súper —dije tras un bocado de chocolate.

Suspiró y cogió su propia tarrina de helado del congelador. Se sentó a mi lado y se metió una cucharada de vainilla en la boca.

—Suéltalo —exigió ella.

—Estoy muy estresada —admití—. Mi padre está en el hospital y vamos a tener problemas para pagar las facturas. Acabo de tener mi entrevista con Curixon, y me temo que la he fastidiado, y… —mi voz vaciló.

Y cierto multimillonario me hizo una petición ridícula la otra noche.

Pero no quería decírselo a Emily.

¿Cómo podría hacerlo?

—No la has fastidiado —me aseguró Em—. Te salió muy bien, ¿no? Tú misma me lo dijiste.

—Yo pensaba que sí —dije—. Ahora no estoy tan segura.

Era cierto; había congeniado con el entrevistador. Curixon era una gran empresa, y yo esperaba poder poner por fin en práctica mi título de ingeniería de Harvard. Había pasado los últimos meses trabajando a tiempo parcial en la floristería de Em.

Incluso me dejó vivir con ella en su apartamento.

Estaría totalmente jodida si no fuera por ella.

—Eres mi salvavidas Em —comencé—. Si no fuera porque me dejas quedarme aquí…

—Déjate de dramas —dijo antes de que pudiera volver a darle las gracias—. Sabes que puedes quedarte todo el tiempo que quieras. Sólo que no quiero verte desperdiciar tu vida barriendo el suelo de mi floristería cuando podrías estar trabajando en algún sitio como Curixon. Incluso tienes admiradores secretos que entran en la tienda. Eres demasiado inteligente para eso, Angie—.

Mi corazón dio un vuelco.

Em no reconoció a Brad, entonces. Gracias a Dios.

—En fin, me voy. —Em se levantó, tirando su cuchara al fregadero y la tarrina de helado vacía a la basura—. No te deprimas demasiado. Se puso los zapatos y, antes de que me diera cuenta, se había ido.

Estaba sola.

Mi mente regresó a la otra noche. Sinceramente, pensé que todo era una especie de sueño loco. Pero cuando me desplacé por los contactos de mi teléfono, su nombre seguía ahí.

Brad Knight.

Salí del salón y me metí en la cama, haciéndome un ovillo. Cerré los ojos y dejé que mi mente regresara a esa noche…

***

—¡¿Qué?! —Me alejé de Brad, poniendo algo de espacio entre nosotros—. ¿Es esto una especie de broma?

Me observó, moviendo la cabeza para sí mismo.

—Lo siento mucho —dijo—. Me he adelantado. Por favor, déjame explicarte.

Miré detrás de mí. Las puertas del hospital no estaban muy lejos. Podía salir corriendo si era necesario.

Además, había algo en él que me hacía querer confiar en él. Parecía tan genuino y amable. ¿Quizás era por su edad?

Asentí con cautela, haciéndole un gesto para que continuara.

—Después de que te hayas portado tan bien conmigo esta tarde, sabía que tenía que devolverte tu acto de bondad. He visitado Em’s Flowers. De ahí era el ramo que tenías en la mano.

—Sí, pero…

—Lo vi en el papel. Y hablé con Em, una chica encantadora. Y le pregunté por ti, Srta. Angela Carson. Dijo que te conocía bien. Que estabas en un pequeño hospital de Nueva Jersey porque tu padre acababa de enfermar.

Asentí con la cabeza, todavía incrédula ante toda esa conversación.

—Y, por favor, perdona la pregunta, pero tu familia no tiene los fondos necesarios para que su cuidado… su tratamiento, su estancia en el hospital, sea lo más cómodo posible, ¿verdad?.

Sacudí la cabeza.

—Ahí es donde puedo ayudarte, Angela. Podemos ayudarnos mutuamente. —Sonrió, y sus ojos se escondieron bajo una arruga de patas de gallo.

—Así que quieres que me case con tu hijo —repetí sus palabras de antes. Se me hacían extrañas al salir de mi boca.

Brad asintió.

Pensé en lo que sabía sobre el hijo de Brad.

Xavier Knight.

Sabía de él, por supuesto. ¿Cómo no iba a saberlo? Era una celebridad. Asquerosamente rico y muy guapo.

Cualquier chica se abalanzaría sobre la oportunidad de ser su esposa.

Pero parecía tener una vena rebelde. Había visto titulares y artículos sobre él, de forma intermitente durante los últimos meses.

El sexo.

Las drogas.

Las carreras.

Era salvaje.

Peligroso.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal, pero no pude saber si era por miedo o por excitación.

—¿Pero por qué yo? —pregunté—. Estoy segura de que podrías encontrar un millón de chicas más bellas y con más éxito que yo. Una mejor opción para tu hijo.

—Eres un alma pura, querida. Puede que no lo sepas, pero eres distinta. Quiero lo mejor para mi hijo, como lo haría cualquier padre. Creo que puedes ayudarlo. Confío en mi instinto, y mi instinto me dice que esto funcionará.

Parpadeé.

¿Un alma pura? ¿Qué significa eso?

—Pero el matrimonio no es sólo un trozo de papel —argumenté—. No se puede firmar un contrato y enamorarse.

—Eso es cierto, pero el amor es paciente.

—¿Cómo sabes que no me casaré con tu hijo y me divorciaré al día siguiente? —Estaba haciendo de abogada del diablo, pero necesitaba respuestas a esta confusa hipótesis.

En lugar de levantarse, se acercó a mí y me cogió la mano. Su tacto era cálido y extrañamente reconfortante. —No creo que hagas eso, Angela. Como he dicho, tu alma es pura. Pero si necesitas algún tipo de seguro, mira detrás de ti.

Me giré y vi el hospital, iluminado por las farolas del exterior. —Las facturas médicas no son ninguna broma. Los tratamientos, la rehabilitación, los cuidados continuos. Todo cuesta dinero, cariño. Si cumples con tu parte del trato, te prometo, por mi vida, que yo también cumpliré con la mía.

Mi mente iba a toda velocidad. Tenía que haber otra manera.

—Tengo una segunda entrevista para ese trabajo mañana. Podría ser capaz de…

—Ángela —dijo, deteniéndome—. ¿Sabes cuánto cuesta una noche en el hospital? Setecientos dólares. Un análisis de sangre rutinario cuesta doscientos cincuenta dólares. Si, Dios no lo quiera, tienen que usar el desfibrilador, son otros mil quinientos dólares.

Cerré los ojos.

—Por favor. Por favor, detente. Dame un minuto para pensar. —Intenté organizar mis revueltos pensamientos.

Mi padre.

El restaurante.

Mis hermanos.

Años de deuda.

Un nuevo trabajo.

Curixon pagaba bien. Si conseguía el puesto, podría ir devolviendo las cosas poco a poco.

Emily me dejaría vivir con ella un tiempo más si eso significara salvar la vida de mi padre.

¿Cómo podría casarme con un hombre al que no amaba, y ni siquiera conocía?

—¿Por qué me ayudas? —pregunté.

—Cuando viniste a verme esta tarde —comenzó— respondiste a una oración que había enviado al cielo. Me diste fuerzas cuando las necesitaba. Así que ahora estoy aquí para responder a tus oraciones. Estoy aquí para darte fuerza, y así es como puedo hacerlo.

Pensé en ello, con la respiración entrecortada.

¿Estaba considerando esto seriamente?

—¿Angela? —Brad preguntó suavemente.

—¿Puedo al menos tener algo de tiempo para pensarlo? —pregunté–. Esto es demasiado para asimilarlo ahora.

—Por supuesto —dijo.

Brad me entregó una tarjeta de visita, hecha de un metal fino y ligero.

Supongo que el papel es demasiado plebeyo para un multimillonario, pensé algo delirante.

—Llámame cuando te decidas. —Me sonrió antes de darse la vuelta—. Realmente creo que esto funcionará, Angela. De verdad, de verdad lo creo.

***

Mi teléfono sonó, sacándome de mi ensoñación. Me revolví en la cama y comprobé el identificador de llamadas.

CURIXON LTD.

Me erguí como un rayo en la cama, con el corazón martilleando en el pecho.

Bien, bien, bien, bien.

Respiré profundamente.

—¿Hola? —dije, deseando que mi voz no temblara.

—Hola, ¿habla Angela Carson? —dijo una voz femenina al otro lado de la línea.

—Si.

—Hola, Angela. Sólo te llamo para informarte de que, lamentablemente, hemos decidido seguir adelante con otros aspirantes a este puesto.

—Oh. —Mi corazón se hundió.

—Nos aseguraremos de mantener tu solicitud en el archivo en caso de que haya otro puesto disponible.

—Uh, de acuerdo. Gracias.

¿Qué más podría decir?

Tras otros segundos de dolorosos intercambios, me desplomé sobre la almohada, con la cara por delante.

Pues sí que me salió bien.

Sentí que las lágrimas de frustración brotaban de mis ojos y dejé que se perdieran en la almohada. Había mucho más en juego que pagar las facturas y tener algo de dinero para gastar.

La vida de mi padre estaba en juego.

Saqué mi teléfono y me puse a buscar entre mis contactos.

Me quedé mirando el número de Brad Knight, con el pulgar sobre el botón de llamada.

No es que tenga muchas opciones.

Apreté el botón de marcar, sellando con ello mi destino.

—¿Hola? —Brad contestó.

—Hola Sr. Knight, soy Angela.

—¡Angela! —me saludó calurosamente—. Es un placer saber de ti. ¿Puedo suponer que…? —dejó la pregunta en el aire.

Respiré profundamente. Sentí que me aplastaría bajo el peso de las palabras que se formaban en mi boca.

—Sí —dije—. Lo haré.

Sentí que algo dentro de mi corazón se enroscaba y moría.

—Me casaré con tu hijo.

¿Podría resistirse al Sr. Knight?

Comentarios de los
lectores

Estoy tan absorbido por estos libros... bye bye Netflix 😊
Shannan Penisione, 9 de abril
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Sinceramente, creo que esta aplicación es genial. La uso casi todos los días y me encanta. 👌🏻❤️
Steffie Cliff, 27 de marzo
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Me encanta esta aplicación. ¡Los libros son increíbles y siempre me entusiasma leer más!
Virgo Rose, 25 de marzo
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Kimberley Mills, 25 de marzo
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