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La hermosa Belle y el Alfa Grayson

Belle ni siquiera sabe que hay seres capaces de cambiar de forma. En un avión a París conoce al Alfa Grayson, que afirma que ella le pertenece. El posesivo alfa marca a Belle y la lleva a su suite, donde ella intenta desesperadamente luchar contra la pasión que crece en su interior. ¿Se dejará persuadir Belle por sus deseos, o logrará mantenerse firme?

Calificación por edades: 16+

Autora original: Greta N

Nota: Esta historia es la versión original de la autora y no tiene sonido.

 

La hermosa Belle y el Alfa Grayson de Annie Whipple ya está disponible para leer en la aplicación Galatea. Lee los dos primeros capítulos a continuación, o descarga Galatea para disfrutar de la experiencia completa.

 


 

La aplicación ha recibido el reconocimiento de la BBC, Forbes y The Guardian por ser la aplicación de moda para novelas explosivas de nuevo Romance, Science Fiction & Fantasy.
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1

Resumen

Belle ni siquiera sabe que hay seres capaces de cambiar de forma. En un avión a París conoce al Alfa Grayson, que afirma que ella le pertenece. El posesivo alfa marca a Belle y la lleva a su suite, donde ella intenta desesperadamente luchar contra la pasión que crece en su interior. ¿Se dejará persuadir Belle por sus deseos, o logrará mantenerse firme?

Calificación por edades: 16+

Autora original: Greta N

Nota: Esta historia es la versión original de la autora y no tiene sonido.

BELLE

Respiré profundamente mientras caminaba por el aeropuerto con el equipaje a cuestas. No conseguía calmarme, por mucho que lo intentara.

Odiaba profundamente volar.

Y un vuelo de once horas a París era lo último que me apetecía un día antes de Nochebuena. Pero mi madre me había rogado que fuera a pasar las fiestas con ella y su marido.

Sabía que solo me había invitado porque se sentía culpable.

Hacía más de cinco años que no veía a mi madre, que parecía no haber tenido ningún problema en abandonarme cuando mi padre enfermó.

Sólo había tardado un año en volver a casarse y otro más en tener un hijo. Se alejó completamente de mi padre y de mí, actuando como si nunca hubiéramos existido.

Así que me molestó mucho que me invitara a ir a verla precisamente ahora.

Pero no tenía a nadie más. París era mi única opción si no quería pasar la Navidad sola.

Pasar por el control de seguridad fue más fácil de lo que pensaba, y encontré mi puerta de embarque sin problemas. Pero incluso con toda esta buena suerte, no pude evitar sentirme incómoda.

Sólo había volado otras dos veces en mi vida, ambas por razones que me hubiera gustado evitar.

La primera vez fue para asistir al funeral de mi abuela en Florida. La segunda para la boda de mi madre en París con un hombre que no conocía de nada, un hombre que no era mi padre.

Por lo tanto, volar no solo me parecía absolutamente aterrador, sino que además siempre me llevaba a una situación que yo no deseaba. Sabía que este vuelo no sería diferente.

Esperé una media hora para embarcar. Quería llegar temprano para asegurarme de no perder el vuelo. No quería tener que pagar otro.

Una vez en el avión, no pude evitar que me temblaran las manos. Una azafata me sonrió al pasar junto a ella y, al notar mi nerviosismo, me hizo un gesto tranquilizador.

Me esforcé por devolverle la sonrisa.

Cuando por fin llegué a mi asiento en la parte trasera del avión, miré al hombre junto al que me sentaría durante las siguientes once horas.

Su mirada recorrió mi cuerpo de arriba abajo, deteniéndose un rato en mi pecho antes de encontrarse con mis ojos.

—Bueno, hola —sonrió.

Grandioso. Simplemente perfecto.

Voy a pasar las próximas once horas con un cerdo que me come con los ojos.

—Hola —murmuré.

Ignorando al señor Pervertido, recogí mi equipaje de mano y lo levanté para meterlo en el compartimento superior.

Al notar que el gilipollas, que ahora me miraba con cierta dificultad, había puesto su maleta justo en el medio del compartimento, resoplé, intentando moverla con una mano mientras me esforzaba por meter la mía al lado.

Casi había conseguido meter mi equipaje cuando sentí que unas manos me rodeaban la cintura, tocándome la piel desnuda del vientre por donde se me había subido la camisa.

Pensando que era el señor Pervertido, intenté apartarme de un salto, pero me detuve cuando las manos me rodearon y unas chispas recorrieron todo mi cuerpo.

Giré la cabeza para ver quién había detrás de esas manos, y sentí cómo se me abrían los ojos como platos al verlo.

Era impresionante… Grande hasta el punto de que casi parecía cómico en nuestro pequeño avión.

Sus músculos se tensaban contra su camisa negra y sus vaqueros azules, claro indicio de que debía pasar mucho tiempo en el gimnasio.

Tenía el pelo castaño chocolate, unos hipnotizadores ojos verde oscuro y una mandíbula con la que se podría cortar el papel.

Sus labios eran deliciosos y carnosos, e inconscientemente me incliné hacia ellos, imaginando qué sentiría al apretar mis labios contra ellos.

Un gruñido profundo y repentino me hizo volver a la posición vertical y, cuando mis ojos se encontraron con los suyos, descubrí que me estaba observando. Mis mejillas enrojecieron de inmediato, pero antes de que pudiera sentirme demasiado avergonzada, habló.

—Mía. Compañera —dijo con una voz profunda y ronca que resonó en mis oídos. Me apretó la cintura suavemente mientras su frente bajaba para encontrarse con la mía, e inspiró profundamente.

Probablemente debería haberle abofeteado, pero en lugar de eso dejé que mis ojos se cerraran y me deleité con la sensación de sus brazos alrededor de mí mientras sentía deliciosas chispas de placer recorriendo todo mi cuerpo. Ni siquiera sabía que era posible sentirse tan bien.

Sentí que su cabeza se separaba de la mía cuando se inclinó para acariciarme el cuello. Incliné la cabeza para permitirle acceder mejor y él soltó un gruñido de aprobación.

Y entonces sentí que me daba un suave beso justo donde se unen el cuello y el hombro. Primero me flaquearon las rodillas, luego se me entumeció todo el cuerpo, y al final un suspiro se escapó de mi boca.

Sonrió contra mi cuello, riéndose y cargando todo mi peso entre sus brazos mientras yo me inclinaba completamente hacia él para no caer.

Estaba en el cielo.

Un carraspeo me sacó de mi trance y, de repente chillé e intenté apartarme, recordando dónde estaba.

Desgraciadamente, mientras intentaba apartar de mí a aquel hombre misterioso e increíblemente apuesto, me olvidé que tenía una mano sosteniendo el equipaje en el compartimento superior.

Oí que mi maleta se deslizaba hacia mí y me agaché rápidamente, esperando que su dura esquina se estrellara contra mi cabeza.

Pero no pasó nada y, en lugar de eso, oí:

—Cuidado, preciosa.

Levanté la vista hacia el hombre que tenía delante, que seguía con una mano posesivamente colocada bajo mi camisa, en la parte baja de mi espalda. Con la otra mano ahora sostenía mi maleta por encima de mi cabeza.

Me sonrió y me guiñó un ojo antes de meter mi maleta en el compartimento y cerrarlo.

Manteniendo aún su mano sobre mi espalda, se volvió para mirar a la mujer que estaba detrás de él y que había estado intentando llamar nuestra atención durante nuestro intenso encuentro. La mujer parecía sorprendida y, vacilando, se aclaró la garganta una vez más.

—Lo siento, necesito llegar a mi asiento y estáis bloqueando el pasillo. No quería interrumpir vuestra reunión. Está claro que hace tiempo que no os veis —sonrió con dulzura.

Queriendo corregirla, abrí la boca para decir que no nos habíamos visto nunca, pero el hombre que me sujetaba se me adelantó.

—Estábamos buscando nuestros asientos. Saldremos de su camino en un segundo. —Su voz era suave y tranquilizadora.

La mujer asintió agradecida.

Fui a apartarme, deseando escapar de la incómoda situación, pero el hombre se limitó a apretarme más.

—No tan rápido… —me susurró al oído mientras se inclinaba—. No te vas a escapar tan fácilmente.

Luego miró al pervertido que se sentaría a mi lado durante el vuelo.

—Muévete —le espetó.

El señor Pervertido se quedó allí sentado y nos miró durante un segundo, probablemente tratando de comprender la escena que acababa de tener lugar. Me hizo sentir muy incómoda al pensar que nos había estado observando.

—¿Qué? —preguntó.

—Muévete —repitió el apuesto hombre—. Estoy sentado ahí.

—¿Perdón? No me pienso mover. Este es mi asiento.

—Toma, coge el mío —gruñó por lo bajo el hombre que me sujetaba. Le entregó al señor Pervertido su billete—. Es de primera clase —añadió, observando al hombre que miraba el billete con una ceja arqueada.

—Ahora, muévete —dijo lentamente, casi amenazante, como si desafiara al hombre a cuestionar sus órdenes de nuevo.

El pervertido nos miró una vez más antes de levantarse y coger rápidamente su maleta, pasando a toda prisa junto a nosotros sin mirarnos a la cara. Lo observé, atónita.

¿Qué demonios acaba de pasar? Estaba siendo un día muy extraño.

—Vamos, preciosa —dijo mi nuevo y misterioso vecino, empujándome suavemente hacia el asiento de la ventanilla mientras me seguía de cerca.

Me senté y lo vi sentarse a mi lado. No sabía qué decir, un poco sorprendida y avergonzada por lo que acababa de ocurrir.

—Esto, perdón por lo de antes —murmuré, colocándome un mechón de pelo detrás de la oreja y bajando la mirada. Quería gustarle a ese chico—. Rara vez voy por ahí tocando a extraños de esa manera, lo prometo.

Me reí nerviosamente. Como no respondió, me aclaré la garganta.

—Bien… entonces, ¿por qué renunciaste a tu billete de primera clase para sentarte aquí atrás?

De repente, una mano me agarró la barbilla y me hizo girar la cabeza. Mis ojos se encontraron con los suyos y movió su mano para acariciar mi mejilla.

—Porque quería estar a tu lado —dijo con voz ronca.

Me pasó el pulgar por el pómulo mientras examinaba cada centímetro de mi cara.

—Vaya, ¿cómo he tenido tanta suerte?

Me aparté de él, sin saber cómo responder. Debo haberle oído mal.

—Perdón, ¿qué has dicho?

—Nada. No te preocupes, preciosa —repuso, limitándose a sonreír y a sacudir la cabeza. Se inclinó hacia mí a través del reposabrazos. Estábamos demasiado cerca para ser dos extraños.

— Me llamo Grayson. ¿Cuál es tu nombre?

—Belle —me oí decir, casi como si estuviera aturdida.

—Belle —se dijo a sí mismo. Su sonrisa se ensanchó—. Mi Belle.

—Ajá… —dije distraídamente.¡Sus ojos eran tan bonitos! No pude evitar mirarlos fijamente.

Dejó escapar una risa sincera. ¿He dicho algo gracioso?

—Nuestro vínculo es muy fuerte; puedo sentirlo.

—¿Qué? ¿Nuestro vínculo? —pregunté. ¿Soy yo, o nada de lo que dice tiene sentido?

—No te preocupes, preciosa. —Sonrió y me apartó un mechón de pelo de la cara.

Volví a salir del aturdimiento en el que él parecía seguir metiéndome cuando un bebé detrás de nosotros soltó un fuerte grito. Al darme cuenta de lo cerca que estaba de ese hombre, di un salto hacia atrás.

Podía sentir su aliento en mi cara.

Volví a reírme con nerviosismo y puse las manos en el regazo, intentando no parecer tan torpe como me sentía.

Este tipo probablemente piensa que soy una loca.

—Entonces, ¿negocios o placer? —preguntó Grayson.

 

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2

BELLE

—¿Qué? —Miré a Grayson una vez más.

—¿Vas a París por negocios o por placer?

Ah, claro. Casi había olvidado por completo dónde estaba. Mis nervios volvieron a aumentar al recordar que el avión probablemente despegaría en cualquier momento.

—Eh, esto, ninguna de las dos cosas, supongo. Voy a visitar a mi madre y a su marido.

Debí poner cara de circunstancias, porque Grayson preguntó:

—¿Y no te alegras de ver a tu madre y a su marido?.

Sacudí la cabeza.

—No, no desde que nos dejó a mi padre enfermo y a mí para huir a París y casarse con su amante ricachón —me oí decir.

Hice una pausa. No puedo creer que haya dicho eso.

No le había hablado a nadie de mi madre, y ahora se lo acababa de contar todo a un completo desconocido.

Le miré. Su expresión era pensativa.

—Lo siento. No sé por qué he dicho eso. Te prometo que no soy la típica loca del avión que le cuenta la historia de su vida al desconocido que se sienta a su lado.

Grayson me miró profundamente a los ojos, casi como si buscara algo, y luego agarró el reposabrazos que nos separaba y lo levantó para que dejara de ser una barrera. Observé atentamente sus movimientos.

—Eh… ¿Qué estás haciendo?

—Shh… —dijo Grayson. Me agarró de las caderas, que ya estaban inclinadas hacia él, y tiró de mí para que mis rodillas tocaran las suyas.

Las deliciosas chispas volvieron a recorrer mi cuerpo mientras su mano se abría paso por debajo de mi camisa hasta llegar a la parte baja de mi espalda, donde su pulgar empezó a trazar círculos relajantes.

Dejé escapar un sonido desde el fondo de mi garganta. Su otra mano subió para acariciarme la cara.

—Ahora no tienes que preocuparte por nada —susurró Grayson—. Voy a cuidar de ti. —Se inclinó para que sus labios tocaran mi oreja—. Eres mía.

—¿Qué quieres decir? —Me incliné hacia atrás para poder verle los ojos.

—Quiero decir que… —Sonrió. Su pulgar se detuvo en mi labio inferior y jadeé.

—Toda —besó mi párpado— tú —besó mi otro párpado— entera —la parte superior de mi nariz— eres mía. —Finalmente, sus labios se encontraron con los míos.

Mis ojos se cerraron ante su beso. La sensación era eufórica, como de fuegos artificiales y explosiones. Mis manos subieron hasta sus enormes y musculosos hombros y los apretaron.

Dejé escapar un suave gemido.

Lo sentí sonreír contra mis labios y me detuve por un segundo. No, nada de sonrisas. Sonreír significaba que podría dejar de besarme, y yo no quería que sucediera eso.

Sin apartar mis labios de los suyos, me puse de rodillas y empujé mi pecho contra el suyo, deleitándome con las chispas que surgían allí donde nuestros cuerpos se encontraban.

Mis manos subieron hasta su cabello y acercaron su cara a la mía.

Gimió con aprobación.

De repente, me apretó las caderas con fuerza y me levantó sobre su regazo para que mis rodillas se abrieran a ambos lados de su cuerpo. Apreté mi pecho contra el suyo y él profundizó nuestro beso, hundiendo su lengua en mi boca.

Sus manos me amasaron las caderas y luego se deslizaron por debajo de mi camisa para agarrarme la cintura con los pulgares, tocando los aros de mi sujetador.

¡Oh, Dios mío! ¿Por qué hace tanto calor aquí?

Alguien se aclaró la garganta junto a nosotros y fue como si hubiera pulsado un interruptor en mi cerebro: de repente me di cuenta de lo que estábamos haciendo.

Me eché hacia atrás, pero Grayson me apretó más, manteniéndome firmemente en su regazo.

Miré a la azafata que estaba junto a nosotros.

—Lo siento, señorita, pero voy a tener que pedirle que vuelva a su asiento y se ponga el cinturón. El avión está a punto de despegar.

Asentí rápidamente con la cabeza, sintiendo que mi cara se ponía muy roja. Me apresuré a bajar del regazo de Grayson y, por suerte, esta vez me dejó ir. Me senté en mi asiento y me abroché rápidamente el cinturón de seguridad.

La azafata observó cómo Grayson se ponía también el suyo, luego asintió y se marchó.

Ay, Dios mío. Ay, Dios mío. ¡Ay, Dios mío!

Me puse las manos en la cara para enfriarme las mejillas ardientes.

No puedo creer que haya hecho eso. ¿Pero qué me pasa?

Estaba tan avergonzada que ni siquiera me atrevía a mirar a Grayson. Me había arrastrado hasta su regazo y me había apretado contra él como una prostituta, rogando que se me metiera entre las bragas.

—Oye, oye, oye —oí decir a Grayson—. ¿Qué pasa? —Me tocó el brazo.

Le aparté el brazo de un tirón, ignorando lo mucho que deseaba que mantuviera sus manos sobre mí.

—No me toques —dije.

Grayson emitió un gruñido sorprendente que provenía de lo más profundo de su garganta. Lo miré y vi una expresión intensa en su rostro.

Tenía la mandíbula apretada y su respiración se había vuelto profunda mientras su pecho subía y bajaba rápidamente. Ah, sí, y sus ojos eran negros como el carbón. Las pupilas, el iris y el blanco de los ojos. Todo era negro.

Ahogué un grito y retrocedí hasta que mi espalda chocó contra la pared que había detrás de mí.

—¡Oh, Dios mío! Tus ojos.

Los abrió de par en par y luego los cerró de golpe. Respiró profundamente y, cuando los abrió de nuevo, habían vuelto a la normalidad.

Me estaba volviendo loca. Esa era la única explicación lógica. La muerte de mi padre y el miedo a volver a ver a mi madre me estaban afectando.

—Lo siento —dijo—. Es que… no puedes decirme que no te toque.

—¿Qué quieres decir? —Mi corazón empezó a latir más rápido. Tal vez el loco era él.

Se inclinó hacia delante con una mirada intensa.

—Vaya, nena, ¿ya lo has olvidado? —Me agarró la rodilla con la mano y me frotó la pierna de arriba a abajo.

—Eres mía, ¿recuerdas?

Me hervía la sangre. Era la tercera vez que decía que era de su propiedad. ¿Quién se creía este tipo?

Claro que era guapo. Me había lanzado a por él y me sentía extremadamente atraída, pero eso no significaba que le perteneciera. Yo era mi propia dueña. No pertenecía a nadie.

Y desde luego no pertenecía a un hombre que acababa de conocer y que ignoraba los límites personales.

Abrí la boca para decirle lo que pensaba, pero me detuve cuando sentí que el avión se movía de repente.

Debí perderme por completo la parte en la que se explicaba dónde estaban todas las salidas y cómo abrocharse el cinturón de seguridad.

Sin embargo, probablemente fue lo mejor, porque eso solo me habría puesto más nerviosa.

A medida que el avión ganaba velocidad, mi corazón latía con más fuerza contra mis costillas y mis manos empezaron a temblar. Me agarré a la mano de Grayson, que seguía firmemente sujeta a mi pierna, y cerré los ojos con fuerza.

Intenté respirar profundamente para calmarme, pero me salieron unos jadeos rápidos.

Oh, Dios mío… ¿Estoy hiperventilando?

—Belle —oí decir a Grayson—. Belle, cariño, ¿qué pasa? —Sentí que su mano subía para agarrarme del hombro.

Sacudí la cabeza frenéticamente, incapaz de pronunciar una palabra. Tenía miedo de que, si hablaba, me echaría a llorar.

—Belle —me dijo la voz de Grayson. Esta vez sonó más tranquila.

—Mírame, Belle. Necesito que me mires, preciosa. Déjame ver esos hermosos ojos azules.

Volví a sacudir la cabeza. El avión dio un bote al levantarse del suelo. Dejé escapar un gemido y me empujé más contra la pared.

—Belle, te juro por Dios que si no me miras, te volveré a besar, y quién sabe a dónde nos llevará eso…

¿Realmente acaba de decir lo que he oído? Básicamente estaba a punto de tener un ataque al corazón y él me amenazaba con besarme.

Abrí los ojos. La cara de Grayson estaba a medio metro de la mía. Sonrió.

—Ahí están esos hermosos ojos.

Mi respiración se ralentizó un poco. Era increíblemente guapo. ¿Cómo es posible que alguien sea tan guapo?

Y encantador, y dulce, y comprensivo, y da unos besos increíbles…

De repente, el avión volvió a temblar, esta vez con más fuerza, y la mayoría de los pasajeros ahogó un grito.

La voz del piloto llegó por los altavoces de la cabina para disculparse por las turbulencias, diciendo que el tiempo parecía más inestable de lo que se esperaba en un principio.

Miré por la ventanilla y vi que llovía a cántaros y el cielo estaba lleno de relámpagos.

—Dios mío, así es como voy a morir —dije. Me temblaba todo el cuerpo.

El avión volvió a moverse en el mismo momento en que un estruendo de truenos llegó desde el exterior. Dejé escapar un grito de terror mientras me empezaban a brotar las lágrimas de los ojos.

—Belle, cariño, ven aquí —dijo Grayson en tono agitado. Le miré y vi que me tendía el brazo, animándome a apoyarme en él.

—¿Qué? —pregunté temblando —. ¡N-n-no!

Algo me agarró la mano con más fuerza. Miré hacia abajo y vi que tenía su mano sobre las dos mías. Rápidamente lo solté y lo aparté de mí.

¿Por qué soy tan susceptible con este tipo?

—Por favor, Belle, déjame ayudarte. —Se pasó una mano por el pelo mientras me miraba asustado. Parecía dolido.

—¿Cómo? —Me agarré a la pared que tenía detrás de mí, esperando que me ayudara a estabilizar mi cuerpo tembloroso.

Antes de que pudiera responder, el avión se vio sacudido por un fuerte trueno y un relámpago que casi juré que nos había alcanzado. La gente gritaba mientras las maletas caían de los compartimentos superiores.

Grité como una loca y me cubrí la cara con las manos.

—¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! —sollozaba. Era mi peor pesadilla.

—Belle —dijo Grayson. Su voz era más clara que antes, y de repente los demás ruidos se desvanecieron—. Mírame.

Como si me tuviera bajo su control, me quité las manos de la cara y miré a Grayson. Sus ojos eran negros de nuevo.

Pero esta vez no daba miedo. Esta vez fue casi reconfortante.

—Ven aquí —dijo lentamente.

Asentí con la cabeza y prácticamente me zambullí en su pecho, llegando hasta donde me permitía el cinturón de seguridad. Le rodeé el torso con los brazos y apreté su camisa con los puños.

Él también me rodeó con sus brazos, levantándome la camisa para que su piel desnuda tocara mi espalda y mi vientre.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté, estremeciéndome al sentir su piel contra la mía, y esas deliciosas chispas me recorrieron la columna una vez más.

—Lo siento, sé que esto debe ser raro para ti. —Noté que me acariciaba el pelo—. Es solo que cuanto más contacto piel con piel tengamos, más tranquila te sentirás.

Apartó los brazos y, por un momento, me sentí decepcionada. Pero entonces se levantó la camisa y volvió a colocar los brazos donde estaban.

Podía sentir sus abdominales…

—¿Ves? Mejor, ¿verdad? Tocarme te está ayudando. —Sentí que me besaba en la coronilla.

Tenía razón. Podía sentir que mi ritmo cardíaco disminuía y mis nervios comenzaban a calmarse. «¿Cómo es posible que suceda esto?», me pregunté. Estaba abrumadoramente confundida.

¿Qué está pasando?

Antes de que pudiera responder, se oyó otro trueno. Gimoteé y empujé mi cara contra su pecho todo lo que pude.

Sus brazos me rodearon y sus manos me masajearon la espalda.

—Shh, nena. Relájate para mí… —susurró con su boca rozando mi oído. Sentí que mis hombros se liberaban lentamente de la tensión. Su voz era tan suave, tan reconfortante… Era como si tuviera poderes mágicos.

Habría hecho cualquier cosa que me dijera con tal de seguir escuchando su voz.

—Ya está. Eso es lo que me gusta ver.

Más truenos sacudieron el avión. Apreté todavía más mi cara contra su pecho y ahogué un grito.

—Nooo —dijo—. Nada de eso. —Acercó sus labios a mi oreja y me plantó un beso.

Presta atención a mi voz. Lo único que tienes que oír es mi voz, cariño. —Me besó en el cuello.

Tenía razón. De nuevo, los demás ruidos se desvanecieron. El llanto de los bebés, los gritos de los pasajeros, el rugido de los truenos, la lluvia torrencial… todo lo demás quedó en silencio.

Sólo estábamos él y yo.

—Lo único que oyes es mi voz. ¿No es así?

Asentí con la cabeza.

—Bien. Ahora, respira más despacio.

Mi respiración pasó de ser rápida y jadeante a hacerse lenta y profunda.

—Buena chica. —Sus labios siguieron recorriendo mi cuello—. No tengas miedo. Te tengo. Cuidaré de ti.

Sus besos parecían mágicos. Su voz era mágica. Todo en él era mágico. Ya no estaba en un avión. Ya no estaba en ningún sitio.

Estábamos solos Grayson y yo: sus brazos a mi alrededor, sus labios en mi piel. Estaba tranquila.

Y entonces sus labios encontraron un punto en mi cuello que hizo que una llamarada de fuego recorriera todo mi cuerpo. Jadeé.

—Mmm… —Grayson sonrió contra mi piel. Comenzó a chupar el punto, y su lengua lo recorrió dejando un cosquilleo que me llegaba hasta los dedos de los pies.

Sus dedos se clavaron en mi cintura y sentí que algo se acumulaba en mi interior, una sensación que no había tenido en mucho tiempo.

Todo mi cuerpo se estremeció, e incliné la cabeza hacia un lado para permitirle llegar mejor. Su profunda carcajada retumbó en mi cuerpo.

—Mmm… Así, ¿verdad? —susurró contra mi piel.

Ni siquiera podía responder. Me sentía como si estuviera drogada. Todo se movía muy lentamente.

Dejé escapar una respiración profunda que sonó más bien como un gemido, porque él había dejado de besarme. No sabía exactamente lo que quería, pero necesitaba algo más, algo que sabía que Grayson podía darme.

Incliné la cabeza un poco más, esperando que siguiera besándome.

—Lo sé, preciosa, lo sé. Pero no aquí. Ahora no —suspiró. Me dio un beso más en el punto exacto—. Pero te prometo que te haré mía. Pronto.

No entendí lo que quería decir. Así que me acerqué a él, respirando su aroma celestial. ¿Qué tipo de colonia usará?

—Eso es —añadió—. Estoy aquí y estás a salvo. Nada malo te volverá a pasar. Vamos a crear la vida más increíble juntos. Nunca te dejaré ir.

¿Qué acaba de decir?

—Pero, por ahora —dijo—, necesitas descansar.

Levanté la vista hacia él. Sus ojos seguían siendo negros.

—Dormir.

Y mi mundo se oscureció.

 

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