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Mason

Frío, duro e insensible, Mason Campbell es de los hombres más poderosos de Inglaterra. El viento lleva los susurros de su nombre y hace temblar de miedo a quien los escucha; no en vano, Campbell es conocido por ser cruel, despiadado e implacable. Lauren Hart acaba de ser contratada como su asistente y de inmediato se convierte en la destinataria de sus rabietas, su ira, su odio y su arrogancia. La vida de Lauren sería mejor de no tenerlo como jefe; aunque Mason, envidiado por ellos y deseado por ellas, sólo tiene ojos para su empleada. Y más aún cuando le ofrece un trato que la joven no puede rechazar…

Calificación por edades: 18+ (Malos tratos, Abuso Sexual)

Aviso: Este libro contiene material que puede herir la sensibilidad del lector.

Autora original: Forevertoofar

 

Mason de Forevertoofar ya está disponible para leer en la aplicación Galatea. Lee los dos primeros capítulos a continuación, o descarga Galatea para disfrutar de la experiencia completa.

 


 

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1

RESUMEN

Frío, duro e insensible, Mason Campbell es de los hombres más poderosos de Inglaterra. El viento lleva los susurros de su nombre y hace temblar de miedo a quien los escucha; no en vano, Campbell es conocido por ser cruel, despiadado e implacable. Lauren Hart acaba de ser contratada como su asistente y de inmediato se convierte en la destinataria de sus rabietas, su ira, su odio y su arrogancia. La vida de Lauren sería mejor de no tenerlo como jefe; aunque Mason, envidiado por ellos y deseado por ellas, sólo tiene ojos para su empleada. Y más aún cuando le ofrece un trato que la joven no puede rechazar..

Calificación por edades: 18+ (Malos tratos, Abuso Sexual)

Aviso: Este libro contiene material que puede herir la sensibilidad de los lectores.

Autora original: Forevertoofar

—Cálmate —dijo mi compañera de cuarto, Beth, mientras me miraba ir de un lado a otro en nuestra sala de estar.

Llevaba treinta minutos yendo de aquí para allá, nerviosa y agitada.

—Vas a bordar esa entrevista —añadió con una sonrisa de ánimo. Le lancé una mirada significativa.

—¡No es una entrevista normal!

Me pasé la mano por el pelo, frustrada.

—¿Te va a entrevistar Dios?

Su pregunta me hizo mirarla como si estuviera loca.

Bueno, si había dicho algo así es que algo loca sí estaba.

No podía saber cómo me sentía con respecto a aquella entrevista.

Había mucho en juego.

—No, pero voy a ser entrevistada por el hombre más poderoso —le recordé.

Mason Campbell era uno de los hombres más poderosos del mundo. Y, sin lugar a dudas, el más poderoso de Inglaterra.

A nadie le gustaba admitirlo, pero era incluso más poderoso que la reina.

A pesar de su juventud, había amasado una fortuna.

Había creado varias corporaciones en todo el mundo que contaban con unos mil empleados.

Era temido en todo el país porque era frío y aterrador.

Mason Campbell se reía en la cara de la muerte.

Vivía según sus propias reglas.

Me habían contado que sus rivales se acobardaban ante su intensa mirada, a pesar de que eran hombres con gran poder.

También había oído que podía hacer desaparecer a cualquiera y que nunca volviera a aparecer.

Aquel pensamiento me aterrorizaba lo suficiente.

—¿Por qué no elegiste otro lugar para trabajar? —preguntó Beth—. Los rumores dicen que lo que ocurre detrás de la puerta es aterrador. También he oído que su fría mirada puede resquebrajar una piedra, y que la tierra tiembla con su ira.

No me importaría ver eso —respondí, tratando de aligerar la situación en la que me había metido.

—Esa mirada te traicionaría, seguro —dijo, sonando muy segura.

Levanté la barbilla.

—Sin embargo, resultaría intrigante.

—Sí —coincidió, con un movimiento de cabeza, y luego pretendió sonreír divertida—. Pero te sentirás de otra manera si sus ojos te achicharran.

Quise reírme, pero estaba demasiado nerviosa por lo del día siguiente.

No tenía ni idea de dónde había sacado Beth aquellos rumores; aunque estaba de acuerdo en que sus ojos eran aterradores, no creía que pudiera carbonizar a nadie con ellos.

La gente puede ser muy dramática a veces.

—Bah —descarté la posibilidad—. Eso es sólo un rumor, Beth.

—Bueno… —me sostuvo la mirada—. Los rumores a veces son ciertos.

Luché contra el impulso de retorcerme bajo su mirada.

—He oído que trata a todo el mundo como si fuesen enemigos… incluso a sus empleados.

Aquello hizo que mis nervios se agitaran.

¿Tratar a tus empleados como a tus enemigos? ¿Cómo podía ser?

No sabía si Beth me estaba diciendo la verdad o no.

La miré con los ojos entornados.

—Está así de loco, lo sé.

—Razón de más para que te plantees trabajar en otro sitio —argumentó. Me apretó las manos y luego me soltó para cruzar los brazos sobre el pecho.

—¿Tan segura estás de que voy a conseguir el puesto?

Mucha gente quería trabajar en Industrias Campbell: iba a haber muchas entrevistas.

Sólo uno de los candidatos conseguiría el trabajo, y dudaba que fuese a ser yo.

Algunas chicas sólo iban detrás de él, no del empleo.

—Cero por ciento segura —rió Beth, ganándose una mirada feroz—. No creo que trabajar allí te aporte nada. Es un lugar aterrador, solamente encontrarás control y oscuridad. Mason Campbell lo hace frío y enrarecido.

—Ningún lugar es así de inhóspito —dije, presionando la almohada contra mi pecho.

—Pues dicen que allí resuenan ecos de bramidos.. Ya sabes —Beth me taladró con su mirada esmeralda—. Me encantaría estar allí mañana para ver cómo te encoges de miedo en su presencia.

—Cállate —sonreí, lanzándole la almohada—. No me voy a acobardar. No tengo miedo.

—¿En serio? —alzó una ceja desafiante—. Nunca has estado en su presencia. No sabes qué se siente.

Nerviosismo y mucha incomodidad, pensé, mordiéndome el labio.

—Si llego a casa llorando, no deberías sorprenderte.

—Tendré el pañuelo preparado.

—Perra, ya quisieras —la fulminé con una mirada juguetona.

Su sonrisa se desvaneció y me miró con seriedad.

—Lo vas a hacer bien en la entrevista, Lauren. Tu currículum es estupendo. Estoy segura de que te elegirán entre todos esos cientos de personas.

—Eso espero —sonreí débilmente.

Realmente lo esperaba, porque era un trabajo muy bien remunerado que me permitiría pagar las facturas médicas de mi padre y su tratamiento.

Podría hacer mucho más con ese dinero.

Pero el tratamiento médico de papá era lo único que me preocupaba.

Enterarme de que tenía un cáncer en fase cuatro supuso un duro golpe.

Era la única persona que me quedaba después de que mi madre nos dejara cuando yo tenía diez años.

Todavía me dolía pensar en ella.

Papá había tenido que pasar por muchas cosas para criarme y a mí me tocaba cuidar de él.

La mañana llegó antes de lo que esperaba. Llevaba despierta desde las seis, preparándome.

La entrevista era a las siete y media, y quería estar allí a las siete.

Gruñí mientras me arrastraba fuera de la cama y me dirigí hacia el baño dando tumbos, todavía adormilada.

Me lavé la cara y los beneficios resultaron efímeros. Igual de aturdida, me lavé los dientes antes de ducharme.

Tardé diez minutos en arreglarme.

Me enderecé y alisé la desgastada falda gris que me llegaba a las rodillas.

Mi blusa azul claro estaba metida dentro de la falda. Mis mejillas estaban sonrosadas y se reflejaban en mis ojos marrones.

Estaban ligeramente sesgados hacia arriba y bordeados por densas pestañas.

Me até el pelo castaño en una coleta, sin dejar suelta ni una sola hebra.

Confiaba en tener un aspecto lo suficientemente sofisticado para la entrevista.

No me gustaba ir maquillada, así que seguí con mi estilo natural.

Me limité a aplicar un lápiz de labios de color carne. Me puse los viejos zapatos de tacón negros que había comprado dos años antes.

Sabiendo que Beth aún estaría durmiendo, le dejé una nota antes de coger mi bolso y salir de nuestro piso.

En Londres hacía mucho frío, pero, como todos mis abrigos estaban muy ajados, opté por ponerme ninguno.

Quería ofrecer una buena imagen, no quería que me menospreciaran.

Cogí un taxi y, cuando le indiqué mi destino, el conductor se mostró sorprendido.

Volvió a preguntarme adónde quería que me llevase y le dije la dirección.

—¿Está segura de que es ahí donde quiere ir, señora? —preguntó, poco seguro de sí mismo.

—Sí —insistí, cada vez más molesta.

Después no dijo nada, pero de vez en cuando le pillé mirándome por el retrovisor como si no pudiera creer que yo me dirigiera a semejante lugar.

Detuvo el coche al otro lado de la calle frente a la sede de Industrias Campbell. Me extrañó y decidí preguntarle por qué no me dejaba junto a la entrada.

—Lo siento, señora, pero no se permite ningún taxi cerca del edificio —se adelantó el taxista, justificando su actitud—. Tengo que dejarla aquí.

Mi boca adoptó una forma redondeada y moví la cabeza con incredulidad.

Salí del vehículo y me reajusté la blusa.

Si alguien hubiera podido observarme, habría notado que rezumaba nerviosismo.

El edificio de Industrias Campbell se levantaba ante mí; Era enorme, tenía no menos de sesenta pisos.

Me pareció grande, inabarcable e intimidante.

Pasé con cuidado por delante de un guardia de seguridad en la puerta y accedí edificio.

Topé con un montón de personas ajetreadas que lucían ropas caras e impecables, y me sentí cohibida por lo que llevaba puesto.

Parecían estar al límite, como si sostuvieran el mundo entero sobre sus hombros.

Me acerqué directamente a la recepcionista, nerviosa. Era una mujer pelirroja, ataviada con un elegante vestido azul.

Incluso su pelo parecía inmaculado.

Su rostro presentaba una cantidad mínima de maquillaje.

Sus ojos de color avellana me examinaron con una expresión de genuino desagrado.

—La cafetería está al final de la calle, señora —dijo, e insinuó un ligero acento italiano.

—¿Qué? —pregunté, confundida.

Me miró fijamente como si fuera una imbécil.

—¿No es ahí donde quiere ir?

—No. Estoy aquí para una entrevista.

Ella levantó su ceja perfecta, su boca se curvó hacia arriba en un gesto de sorpresa.

Volvió a medirme y chasqueó la lengua antes de buscar de nuevo mi mirada.

Tuve ganas de darle un puñetazo en la cara. Creía que yo no pintaba nada en aquel lugar.

¿Cómo se atrevía?

La recepcionista inhaló de manera teatral antes de esbozar una sonrisa falsa.

—Vigésima planta. Gire a la izquierda y encontrará a todos los que han venido para la entrevista.

Mis labios se crisparon.

¿Estaba insinuando que había muchos candidatos y que yo no tenía posibilidades de conseguirlo?

Qué tontería.

—Gracias —dije a regañadientes.

—Buena… —volvió a mirarme de arriba a abajo, con la cara desencajada— Suerte.

Me sentí un poco molesta, pero traté de calmarme y me dirigí al ascensor.

Esperé unos segundos a que llegara y me apresuré a entrar.

Antes de que se cerrara la puerta, oí una conmoción.

Un guardia de seguridad estaba sacando a rastras a una mujer que lloraba.

Estaba claro que tenía una crisis nerviosa.

—¡No! —gritó—. ¡No pueden hacerme esto! ¡Llevo tres años trabajando aquí!

Observé cómo intentaba forcejear con el guardia de seguridad.

—¡Soy leal! ¡No puede hacerme esto!

El ascensor se cerró, ahogando los gritos de la mujer.

Los latidos de mi corazón se aceleraron.

Sentí pena por la mujer.

Fuera lo que fuera lo que había hecho, no se merecía que la trataran así.

Había trabajado allí durante tres años.

Se merecía al menos un poco de respeto.

Mi espalda se pegó a la pared y cerré los ojos. ¿Era aquello una buena idea, después de todo? No estaba segura, pero aquel era el único lugar que conocía con un buen salario.

Lo estaba haciendo por papá: no debía pensarme dos veces si trabajar allí.

¡¿Trabajar?! Aún no tenía el puesto, ni siquiera sabía si sería la afortunada.

Endurecí la mirada y esperé que la entrevista fuera un éxito.

No podía permitirme echarla a perder.

La vida de papá estaba en juego.

No podía.

Sabía que lo haría muy bien si me calmaba y creía en mí misma.

Sí, sabía que iba a hacer una buena entrevista.

—¿No baja aquí? —me sorprendió la voz de un hombre a mi lado.

Me di cuenta de que había llegado a la vigésima planta, murmuré una rápida disculpa al caballero de traje gris y salí.

Toda la pared izquierda era un enorme ventanal y me quedé mirando las increíbles vistas de Londres.

El teléfono que llevaba en el bolso estaba deseando salir y hacer una foto.

Antes de que permitírselo, me recordé a mí misma por qué estaba allí.

Seguí las indicaciones de la recepcionista. Tal y como me había dicho di con el nutrido grupo de aspirantes.

Eran tantos que ni siquiera fui capaz de ver dónde acababa.

Todos llevaban primorosos conjuntos.

Unas chicas me dirigieron una mirada y seguidamente rieron sin demasiada discreción.

Me pregunté si tenía algo en la cara o en mi ropa.

Al levantar la vista, me di cuenta de que no habían dejado de mirarme y no eran sutiles al respecto.

Aparté la mirada con rabia.

El hecho de que ellas tuvieran un aspecto más sexy que el mío y lucieran prendas más bonitas no significaba que debieran tratarme de aquella manera.

Me abrí paso a través de un mar de cuerpos, tratando de encontrar un lugar donde sentarme.

Vi uno al final de la sala y me dirigí hacia allí. Pero antes de que pudiera tomar asiento, un tipo se me adelantó.

Se encogió de hombros y me miró con desprecio.

Me giré para desandar mi camino y, antes de darme cuenta, la masa me zarandeó en diferentes direcciones.

Me vi empujada hacia una puerta plateada.

Cuando crucé el umbral, la puerta se cerró automáticamente. Traté de abrirla de nuevo.

Me asusté cuando vi que no cedía en absoluto.

Lo intenté de nuevo, pero en vano.

No se abría.

Maldije mi mala suerte.

Me di la vuelta para ver dónde estaba, y me encontré en un pasillo largo y oscuro, al final del cual había un ascensor.

Solté un suspiro de alivio.

Una salida.

Se abrió cuando pulsé el botón y me apresuré a entrar.

En el panel sólo había un botón con el logotipo de Campbell.

Puse cara de asco.

Decidí que no podía ser peor opción que permanecer allí atrapada, así que pulsé el botón.

Por alguna razón, el corazón se me aceleró y las manos comenzaron a temblarme ligeramente.

El ambiente era sofocante; sentía la presencia de algo poderoso y aterrador.

¿Qué me pasaba?

¿Por qué tenía tanto miedo?

¡¿Qué demonios?!

El ascensor se detuvo y se abrió. Salí tan rápido como había entrado.

Tal vez podría respirar allí. Pero ¿dónde estaba?

Eché un vistazo rápido y me quedé con la boca abierta.

Literalmente.

El despacho era gigantesco, algo verdaderamente impresionante.

Tan lujoso como reluciente.

Todo allí parecía carísimo.

No me atreví a tocar las espléndidas sillas de cuero blanco.

La panorámica de la ciudad era mucho más espectacular desde allí.

Mi asombro creció aún más cuando mis ojos reconocieron los cuadros que decoraban la estancia, unos lienzos que recientemente habían estado en boca de todos.

Su valor estimado superaba los mil millones de libras.

Joder.

Había una chimenea y un gran televisor de pantalla plana en la pared.

Literalmente, todo en el despacho era de color blanco, incluso los bolígrafos.

Me resultó imposible captarlo todo, ya que la intensidad monocromática del lujoso despacho me cegó parcialmente.

En mi estado de semiceguera, oí que la puerta se abría de golpe y que alguien se acercaba a mí a la carrera.

Antes de ser consciente de lo que estaba pasando, me derribaron bruscamente y noté cómo apoyaban el cañón de un arma en mi sien.

Mierda.

Como en las puñeteras películas.

Era imposible que aquello fuese real.

De ninguna manera podía encontrarme en el suelo con una pistola a punto de agujerearme el cráneo, como si fuese una maldita criminal.

Intenté levantar la cabeza, pero la empujaron hacia abajo.

Hice una mueca de dolor y apreté los dientes.

—Dime por qué estás en una zona restringida, si no quieres que te vuele los sesos —ladró una voz, presionando más aún el frío acero.

¿Zona restringida?

¿Cómo diablos iba a saber que estaba prohibido entrar allí?

—¡Habla! ¡Ahora!

Me estremecí de miedo.

—Yo… me he perdido. No sabía que no podía estar aquí. Lo siento, de verdad. Por favor, no me dispare —supliqué, mientras cerraba los ojos y rezaba a Dios para que me ayudase a no terminar palmando sin mis seres queridos cerca, y menos aún en aquel lugar.

—Retírate, Gideon —ordenó una segunda voz, haciéndome suspirar de alivio.

El arma se separó de mi cabeza.

Me quedé en el suelo, sin estar segura de tener permiso para levantarme.

Como es lógico, valoro bastante mi vida.

—Ponte en pie.

No necesité que me lo dijeran dos veces.

Levantándome del suelo, me volví lentamente y vi a varios hombres vestidos con trajes negros que empuñaban sendas pistolas.

Me estremecí cuando mis ojos miraron al que me había encañonado.

—¿Cómo te llamas?

—Lauren Hart —levanté la barbilla, esperando que mi voz sonara más firme de lo que me parecía—. No ha sido mi intención entrar aquí. He venido para la entrevista, me empujaron a través de una puerta. No podía volver atrás y la única forma de salir fue a través de un ascensor. Me trajo hasta aquí. Si creen que me he colado para robar, se equivocan. Por favor, déjenme ir.

Había tratado de reunir el poco coraje que me quedaba para hacer aquella petición.

Se miraron y no tardé en darme cuenta de que se comunicaban entre ellos a través de los ojos.

El que yo creía que era el líder hizo un gesto antes de que uno de ellos saliera del despacho.

—Entonces… ¿qué tal si me voy? —sonreí e hice un movimiento hacia adelante.

Me cerraron el paso de inmediato y me vi obligada a retroceder.

—Miren, no hay ninguna razón para que siga aquí. Ya les he dicho que no soy una ladrona. Déjenme marcharme, tengo que asistir a una entrevista.

Simplemente me ignoraron.

Entonces…

Me estremecí.

Repentinamente, la atmósfera cambió.

El frío de la oficina me golpeó, haciendo que mi corazón latiera rápidamente en mi pecho.

Percibí un torrente de emociones, una fuerza poderosa que buscaba demostrar su furia.

Agarré mi bolso con fuerza, la sensación casi me hizo perder el equilibrio.

Oí los pasos furiosos antes de divisarlo.

Lo juro…

Dejé

de

respirar.

De pie, su poderosa pose hizo que mi aliento quedara atrapado en mi garganta.

Respiraba enérgicamente, su ancho y bien musculado pecho subía y bajaba como si acabara de correr una maratón.

Iba vestido de negro de pies a cabeza; traje, camisa y corbata negros de Armani que hacían que sus poderosos brazos y su torso parecieran casi vivos, desafiando a cualquiera a dudar de su fiereza y su vigor.

Era hermoso, como si se hubiera tallado a sí mismo; pómulos que harían que cualquier hombre o mujer sintiera celos, nariz recta y labios rojos.

Y sus ojos… Oh, Dios, sus ojos eran de plata pura.

Eran los más intensos y a la vez fríos que había visto en mi vida.

Se pasó los dedos por el pelo oscuro, sus ojos argénteos listos para fulminar a cualquier pobre alma lo suficientemente estúpida como para hacerles frente.

Su mirada candente parecía capaz de borrar la existencia de la humanidad.

Allí estaba Mason Campbell.

El hombre más despiadado del país.

Tragué saliva.

Uno de los matones se apartó de su camino mientras Campbell entraba con movimientos poderosos y seguros.

No me miró mientras tomaba asiento detrás de su escritorio y procedía a revisar algunos documentos.

Nadie dijo nada durante cinco minutos, y yo empecé a cansarme y a sentir las piernas entumecidas.

Nadie parecía reconocer mi presencia ni estar dispuesto a dejarme ir.

Otros cinco minutos antes de que el gran hombre levantara su manaza y me hiciera un gesto para que me fuera.

Solté el aliento que había contenido y me di la vuelta para irme, cuando percibí la mirada conminatoria del tal Gideon. Sus hombres comenzaron a salir de la oficina. Entonces el estómago me dio un vuelco

El gesto de Campbell no había sido para mí.

Todos se marcharon y me quedé sola ante su poderosa presencia.

Intenté actuar con naturalidad, pero, maldita sea, fracasé a las primeras de cambio.

Me quedé en mi sitio, pero seguí moviendo los brazos y las piernas para dejar de estar tan nerviosa.

Quería mirar fijamente a Mason Campbell, pero tenía miedo de que convertirme en cenizas o en una piedra si lo hacía.

Ninguna de las dos cosas sonaba bien.

—Deje de perturbar mi paz —indicó con voz suave, pero fría y mortal.

Ni siquiera estaba segura de que supiera que me encontraba allí.

Sin intentar ocultar su contrariedad, Mason Campbell fijó su mirada más oscura en mí, la chica que había osado molestarle.

—O tendré que hacer algo al respecto.

El pecho se me contrajo tanto que apenas pude respirar.

El miedo me golpeó, la imagen de mí misma yaciendo fría y muerta en algún rincón dejado de la mano de Dios pasó por mi mente, despertando intensas emociones en mí.

A punto estuve de mearme en las bragas.

—Siéntese.

Con piernas temblorosas, me apresuré a tomar asiento en una de las sillas colocadas a él. Pensé que estaría más segura situándome fuera de su campo visual, pero no tenía otra opción.

—¿Por qué está aquí? —preguntó, sin apartar la vista del papel en el que estaba escribiendo.

Tuve la tentación de echar un vistazo, para ver cómo era su letra.

¿Sería fea? ¿O bonita?

De alguna manera, supe que no podía ser fea.

Me moví en mi asiento, tratando de hablar antes de que se enfadara.

Recordaba muy bien lo que decían de Mason Campbell.

Las únicas emociones salvajemente intensas que había experimentado en su vida eran la ira y la fría oscuridad de su propio corazón.

Decían que tenía una rabia tan feroz que helaba los huesos de la gente.

Yo siempre había pensado que era una locura, que no podía ser cierto lo que todos decían de él, pero empezaba a pensar lo contrario.

—Yo… yo… yo… —tartamudeé, asustada. La frase que quería pronunciar se encogió detrás de mi corazón.

Mason dejó de escribir y de repente me miró.

Sus poderosos ojos plateados chocaron con los míos y me hicieron tragar saliva.

Siguió atravesándome con una mirada decididamente punzante.

—Cuidado con lo que dice —dijo antes de inclinar la cabeza—. ¿Le… asusto

Me humedecí los labios antes de hablar.

—¿Es una pregunta trampa? —pregunté en voz baja, pero no obtuve respuesta—. La verdad es que sí.

Alzó una ceja perfecta.

—Oh, ¿en serio?

—No quiero decir nada incorrecto que pueda hacer que termine muerta en la fría noche. La gente dice que es usted un asesino duro y frío, y que siente placer al liquidar a sus víctimas y al hacerlas desaparecer.

Hasta transcurridos unos instantes no me di cuenta de lo que había dicho.

Mis ojos se abrieron como platos y me tapé la boca con una mano.

Con la mandíbula apretada, mi interlocutor se llevó una mano a la cara.

—Haría bien en recordar con quién está hablando, señorita… —me advirtió con su mirada de ojos plateados, impenetrable como el hielo, y con una voz profunda e igualmente fría.

—Hart —confirmé, con la voz temblorosa—. Lauren Hart. Y, por supuesto, usted es el señor Campbell.

—Señorita Hart, no me gusta repetirme. ¿Por qué está aquí? —insistió, esta vez elevando el tono de voz.

Sus palabras me llegaron acompañadas por la ira crepitante y la impaciencia.

—He venido para una entrevista. No era mi intención entrar aquí. La muchedumbre me empujó contra una puerta y la única forma de salir fue a través de un ascensor que me trajo hasta este despacho. Lo siento mucho. Si es tan amable de dejarme ir, seguiré mi camino.

—No suelo ser amable —señaló, como si le disgustara emplear una palabra cuyo significado no conocía.

—Entiendo. Si se mostrase benévolo….

El señor Campbell se irguió en toda su estatura y enarcó una ceja.

Desafiante.

—No hay diferencia.

La irritación corría por mis venas, e hice frente a su mirada encendida con mi rostro más impertérrito.

—Si en su inmensa generosidad me dejara ir… No quiero molestarle más.

—¿Tiene usted un diccionario, señorita Hart? —preguntó sin ni siquiera pestañear—. ¿Son esas las únicas palabras que conoce?

Cuando intenté responderle, me interrumpió.

—Era una pregunta retórica.

—Oh, ya veo.

—Ciertamente —zanjó en un tono que me hizo preguntarme si me tomaba por imbécil.

—Muéstreme su currículum.

Estudié su figura durante un largo e incómodo momento.

—¿Quiere ver mi currículum?

—Hablo el mismo idioma que usted, ¿verdad? Muéstremelo.

Le pasé rápidamente mi currículum y lo analizó someramente.

—Mm… Estudió usted en Knight; obviamente, no esperaba que sus calificaciones fuesen destacadas. Sólo ha tenido dos empleos. Cero experiencia aquí —murmuró para sí, enunciando cuidadosamente cada palabra.

Su rostro se arrugó en una extraña mezcla de lástima y reprobación.

—Cuando vino usted aquí, espero que lo hiciera con nulas esperanzas de conseguir el puesto. Por lo que veo, no está suficientemente cualificada para trabajar en Industrias Campbell, señorita Hart —manifestó, desafiándome con cada fibra de su ser a contradecirle.

Le miré con ojos de acero y con la ira a punto de estallar dentro de mí.

Apreté los labios y esperé que no se diera cuenta de la sacudida muscular de mi cara.

—¿Qué? ¿No voy a conseguir el trabajo? —pregunté, con sus palabras clavadas en mi corazón como un cuchillo bien esgrimido.

Había llegado allí sabiendo que no tenía ninguna posibilidad, pero eso no significaba que no me doliera.

Estaba ante mi única oportunidad de conseguir un trabajo perfecto con un buen sueldo.

Quise decirle decir que no debía ser entrevistada por él en persona, sino que tenía una cita con una tal Mary Warner.

Pero me acobardé.

—¿Va a llorar? —preguntó, inclinando la cabeza hacia un lado.

—No… sólo…

—Bien. Porque odio a las mujeres débiles que no son lo suficientemente tenaces para soportar la verdad. Séquese las lágrimas no vaya a poner esto perdido con su ADN.

Me puse rígida, una vena de la frente empezó a palpitarme.

—Gracias por su tiempo, señor Campbell.

Mi corazón trepidó con una ira ardiente mientras hacía un intento de levantarme y abandonar su maldito despacho y su fea personalidad.

—No obstante… está cualificada para un cometido. Hay una vacante de trabajo que se ajusta a su perfil. ¿Le gustaría ser mi asistente? Aunque no debe permitir que la palabra se le suba a la cabeza. Sencillamente hará recados por mí, responderá a mis llamadas y me servirá el té. El sueldo, por supuesto, no es muy alto.

Hice una serie de respiraciones largas y profundas hasta que la tensión en mí comenzó a disminuir.

—Señor Campbell, si usted sólo…

—Tómelo o déjelo. Hay una fila muy larga de personas que matarían por este puesto.

Cerrando los ojos, me pellizqué el puente de la nariz y reprimí el impulso de echar la cabeza hacia atrás y gritar mi objeción.

Apartó la vista de mí y miró los documentos que tenía delante.

—Que tenga un buen día, señorita Hart.

Una parte de mí vociferaba que era un buen trabajo y otra clamaba que no merecía que me pisotearan; finalmente, se impuso la más chillona.

—¡Acepto! Aceptaré el trabajo —resolví. Apretando los labios, me tragué la amargura que subía a mi garganta y le miré con desdén.

—Señor Campbell, ¿me está escuchando? He dicho que acepto el trabajo —repetí. Con todo el cuerpo agitado, apreté las manos bajo el escritorio hasta convertirlas en blanquecinos manojos crispados, mientras él me ignoraba.

—La veré el lunes a las ocho —comentó finalmente, sin molestarse en mirarme.

—¡Muchas gracias! No dejaría…

—Creo que ya sabe dónde está la puerta —me interrumpió.

Qué imbécil. Salí en silencio de la oficina, reviviendo en mi mente los veinte minutos de conversación que había tenido con él. En todo aquel rato no había dicho nada agradable.

¿Cómo se podía trabajar para una persona así?

Pero el hecho era que me encontraba a su servicio. Por suerte o por desgracia.

Si no hubiera estado tan desesperada por encontrar un trabajo, no habría aceptado su oferta.

Pero incluso si el salario no era el que yo quería, no estaba en condiciones de rechazarla.

No podía negarlo: había pensado en no aceptar, pero me había acordado de mi padre y de que todo aquello era por él.

Sólo esperaba sobrevivir trabajando para Mason Campbell.

 

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2

Mi primer día en Industrias Campbell fue genial, tan jodidamente genial que habría deseado poder revivir aquella jornada una y otra vez.

Era como pensar en lo más grande que me hubiera pasado jamás. Y multiplicarlo por cien. Así era como me sentía.

¡Viva el sarcasmo!

Así era como había sido el día.

No recordaba la última vez que me había levantado para prepararme para el trabajo o que me había emocionado y puesto nerviosa al mismo tiempo.

La noche anterior apenas había dormido.

Mi mente no dejaba de decirme que iba a trabajar para Mason Campbell. En un momento dado llegué a pellizcarme pensando que no era más que un sueño.

Cuando se lo conté a Beth, mi mejor amiga y compañera de piso, tuvo la osadía de reírse en mi cara y me llamó mentirosa.

No creyó que hubiera hablado con Mason; según ella, yo no era lo suficientemente importante como para intercambiar palabras con él y estar en su presencia.

Pensó que había encontrado empleo en algún lugar asqueroso y que no quería contárselo, así que opté por decir que trabajaría en Industrias Campbell.

Mentiría si dijese que no me sentí profundamente insultada.

Beth se expresaba como si Mason fuera un dios al que era imposible acercarse.

Pero yo había descubierto que Mason no era un dios ni tampoco un ángel.

No era alguien que repartía caramelos a los niños y pronunciaba palabras bonitas y reconfortantes.

No: Mason era Satanás.

Alguien que arrebataría caramelos a los niños pequeños para comérselos delante de sus caritas.

Alguien que te empujaría delante de un coche en marcha.

Alguien que con unas pocas palabras podía provocar un ataque al corazón o dejar una cicatriz permanente en el corazón de su interlocutor.

Sin embargo, había algo bueno en él.

Era una vista bonita, no podía negarlo.

¿Por qué los hombres atractivos eran groseros, fríos y desalmados? La experiencia me lo había enseñado.

El último novio guapo que había tenido años atrás me fue infiel.

Me dijo que era aburrida y exigente. El muy imbécil.

De acuerdo, tal vez no era suficiente para sostener mi hipótesis.

Pero ¿qué pasaba con los chicos guapos a los que había sonreído y de los que había obtenido una respuesta fría?

De cualquier manera, Mason era el mayor gilipollas que había conocido.

Aquel tremendo idiota había dicho directamente que yo no era inteligente. Se había atrevido a burlarse de mi universidad.

Aunque aquello no era nada comparado con el comentario de que yo tenía cero experiencia.

No podía imaginar lo horrible que iba a ser trabajar para él.

Aunque ¿y si el otro día estaba de mal humor por algún motivo? Tal vez no era tan malo y yo lo había juzgado mal.

Fuera como fuera, me propuse ser la mejor asistente que había tenido.

No le daría ni un solo motivo para arremeter contra mí y despreciarme.

Me levanté temprano, me vestí y puse cara valiente y feliz.

Sin molestarme en despertar a Beth y decirle que me iba, porque la muy zorra podía decir algo que me hiciera enfadar, cogí todo lo necesario y salí de nuestro piso.

En mi opinión, lo que llevaba puesto era lo mejor que mi armario podía ofrecer.

Era normal ponerse un vestido elegante para una boda o una ocasión especial, pero nunca creí que lo utilizaría para trabajar.

Tampoco pude creer la hostilidad que percibí cuando pisé Industrias Campbell de nuevo.

Al parecer, se había corrido la voz de que yo era la nueva asistente del jefe.

Hacía tiempo que no tenía una.

Ignorando las pocas miradas que recibí, pulsé con mi dedo sudoroso el botón que me llevaría a la planta del señor Campbell.

En el momento en que la puerta del ascensor se abrió, salí con paso nervioso. De hecho, m costó un gran esfuerzo no hacerlo a la carrera.

Una vez en el edificio, me pregunté adónde debía ir.

No podía irrumpir en el despacho del señor Campbell y exigirle que me dijera dónde estaba mi mesa.

Además, supuse que no estaría allí tan temprano.

—¿Lauren Hart?

Me giré al oír mi nombre y me encontré cara a cara con una hermosa mujer.

Era muy atractiva y vestía estupendamente. La envidié de inmediato.

Me entraron ganas de tirarle del pelo y estropear su falda y su blusa.

Quería deslucir a aquella mujer y no sabía por qué.

Bueno, en realidad sí que lo sabía. Tenía mucho mejor aspecto que yo.

A saber qué pensó al mirarme.

Yo lo habría tenido muy claro.

Parecía tener veinticuatro o veinticinco años.

—¿Sí? —respondí amablemente. Incluso esbocé una sonrisa.

¿Me la devolvió? Pues no.

—Me llamo Jade. Estoy un poco sorprendida de verte aquí tan temprano, aunque es algo bueno. Al señor Campbell no le gusta que sus empleados lleguen tarde al trabajo.

Quise decirle a aquella zorra que ella había sido aún más madrugadora. Pero, en lugar de eso, volví a sonreír.

—Estoy segura de que nadie se retrasa. Menos mal que no tengo problema para levantarme temprano. El señor Campbell no tendrá que preocuparse por eso.

—Ajá —asintió, mientras mordía su bolígrafo y se decidía a echarme un vistazo. Obviamente, no le gustaba lo que veía—. Nadie me ha dicho cómo era la nueva asistente del señor Campbell. Reconozco estar un poco decepcionada, esperaba mucho más. Supongo que se apiadó de ti. Si yo fuese él, también lo haría.

Me replanteé lo de deslucirla: quería asesinarla brutalmente y enterrarla a dos metros bajo tierra, para que su cadáver descompuesto se redujera a un cráneo y algunos huesos.

El jefe y los empleados ¿eran todos iguales?

Exhibían unos aires de superioridad muy irritantes..

Sonreí afablemente.

—Supongo que vio algo especial. Debo considerarme afortunada.

La mirada asesina en su rostro me proporcionó un poco de satisfacción.

—Lo que tú digas. Sígueme y te mostraré tu escritorio.

La seguí de cerca, con los ojos clavados en su espalda.

En el momento en que se giró, compuse una dulce sonrisa.

Señaló una mesa sobre la que había un portátil blanco.

El puesto de trabajo estaba pegado a la pared, junto a una gran puerta doble.

—Te vas a sentar aquí —indicó—. Puedes colocar un solo objeto personal en el escritorio, al señor Campbell no le gusta que se abuse de esas cosas. Tu trabajo consiste en contestar el teléfono y realizar las tareas que te encomiende. ¿Lo entiendes?

—Sí.

—Muy bien. Bienvenida a Industrias Campbell. Veremos cuánto tiempo duras.

Me mordí la lengua y forcé la respiración por la nariz.

Para no soltarle a quemarropa que tenía previsto durar más que ella.

Observé cómo enarcaba una ceja, pero no dijo nada. Se alejó, dejando que me instalase.

No pasaron treinta minutos antes de que el señor Campbell entrara como una tormenta dispuesta a absorberlo en su vórtice.

Su rostro no mostraba emociones y aquellos ojos fríos como la piedra podían acortar vidas.

Me quedé paralizada, sin poder apartar la mirada de la musculatura de sus brazos, pecho y piernas.

La forma en que su traje azul de Armani se pegaba a su cuerpo como una segunda piel.

Sus movimientos al caminar eran perfectamente letales y depredadores.

Mi corazón latía fascinado.

Era un hombre poderoso, increíble en todos los sentidos. El mero hecho de contemplarlo en todo su esplendor, casi me hizo caer de rodillas.

Era como si lo viera por primera vez.

Todos los presentes le dieron los buenos días con la cabeza, pero él los ignoró, pasó de largo con un garbo como nunca había visto en nadie y entró en su despacho.

Me pareció un borde total.

Permanecí en mi mesa unos minutos, armándome de valor.

Luego me acerqué a su puerta y llamé. Una, dos veces, sin obtener respuesta.

Volví a llamar.

Aquella vez sí contestó.

—¿Qué? —bramó. Su voz era profunda y atronadora.

Me pareció que retumbaba por todo el edificio.

Tragándome la bilis que se me había subido a la garganta, giré el pomo y empujé la puerta para abrirla.

Entré en su frío despacho y cerré la puerta tras de mí.

—Buenos días, señor —saludé, con el corazón desbocado en mi pecho.

El señor Campbell levantó lentamente la cabeza para mirarme.

Parecía más aterrador de lo que recordaba, y no pude controlar el escalofrío que sacudió mi cuerpo cuando sus ojos plateados se clavaron en mí.

No había nada familiar en su mirada.

Respiré con dificultad.

Su mirada me recorrió, una acción casi perezosa.

Percibí aburrimiento. Percibí fastidio.

Una distancia casi gélida nos separaba.

Nuestros ojos se midieron durante un largo y estremecedor momento.

Cientos de sentimientos pasaron por mí en aquel instante. Fue como si todo lo demás en el mundo hubiera desaparecido.

Aquel hombre… era aterrador. Y tal vez le había vendido mi alma accidentalmente.

—¿Sí? ¿Puedo ayudarle? —ladró.

Lo miré fijamente, sin entender qué quería decir. ¿Acaso no se me permitía saludarlo hasta el mismo momento en que me necesitara?

Antes de que pudiera decir algo, me lanzó más preguntas.

—¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿Quién le ha dejado entrar? —se indignó. Pulsó un interfono y habló por él—. ¿Quién ha dejado entrar a esta mujer? ¿Te pago para que permitas que cualquier extraño se cuele en mi despacho? ¿Cómo que qué mujer? ¡Estás despedido!

La reprimenda fue expeditiva.

Aquella voz representaba la muerte súbita para mí.

—Por favor, señor Campbell, usted me contrató para ser su asistente. Lauren Hart, ¿recuerda?

Formulé la patética pregunta con voz ahogada y suplicante.

El corazón me latía con fuerza. No me sentía capaz de moverme.

Mi instinto más profundo me advertía que no debía enfadar más a aquel hombre.

Era como una tormenta implacable, una fuerza que no convenía ignorar.

Mason enarcó las cejas mientras me escrutaba y finalmente me señaló con su bolígrafo en señal de comprensión.

—Ciertamente tiene usted un aspecto diferente. Bueno, no tan malo como el otro día. Supongo que es un progreso.

—Sí, señor —respondí, luchando por mantener un tono ligero y humilde—. Intentaré estar a la altura de las expectativas de esta empresa.

—En realidad —replicó, apartando finalmente sus ojos de mí—, No sé si eso será posible, señorita Hart.

Garabateó algo en un papel.

—Tenga —dijo, tendiéndomelo. Me moví rápidamente para coger la nota. Nuestros dedos estuvieron a punto de rozarse, pero él soltó el papel inmediatamente antes de que sucediera—. Son mi dirección de correo electrónico y la contraseña. Conteste a todos mis mensajes. Ignore los que no sean relevantes. No programe una reunión sin consultármelo antes. Y, señorita Hart, bajo ninguna circunstancia divulgue el contenido de mis mensajes de correo. Son absolutamente confidenciales. Si me entero de que ha comentado alguno con amigos o familiares, le aseguro que se arrepentirá.

Mi corazón comenzó a latir rápidamente, y odié el hecho de que pudiera provocar aquella ansiedad en mí. Supe que lo estaba haciendo intencionadamente.

Cómo no.

—Todas las mañanas, exactamente a las nueve, me traerá un té, no café. Me gusta negro. No debe estar ni muy frío ni muy caliente. Todos los documentos que requieren de mi firma deben estar en mi escritorio antes de que llegue. No puede usted entrar en mi despacho ni se permiten visitas entre las doce y la una. Mi almuerzo lo preparan en el restaurante Roseire. Está a una hora de aquí, arrégleselas para llegar. Debe pedir lo de siempre. Tenga en cuenta que lo quiero caliente y en mi escritorio a las dos. Si se enfría, le descontaré el precio de su sueldo.

¿Hablaba en serio?

¿Cómo se podía ser tan mandón?

Allí sentado, dando órdenes como si gobernara la tierra o algo así.

Si aquel fulano llegaba a dirigir el planeta, todos estábamos condenados.

No había pasado demasiado tiempo en su presencia, pero tenía claro que el mundo sufriría en sus manos.

—¿Me estás escuchando? —preguntó. Parecía indignado.

La ira emanaba de su rostro, su mirada me recorría críticamente.

Algo oscuro se reflejó en su expresión y se me revolvió el estómago.

Tragué saliva a duras penas y asentí.

—No haga eso —dijo, entrecerrando los ojos—. Nada de gestos con la cabeza. Hable cuando le hablan, ¿lo entiende?

—Sí, señor —acaté. Bajé la mirada antes de levantarla.

La expresión feroz de su rostro me llenó de terror.

Continuó con su tono frío e implacable.

—Le he conseguido esto —comentó. Me lanzó lo que parecía un manual—. Léalo. Sígalo. Si quiere continuar aquí dentro de una semana.

—Le prometo que no le decepcionaré —aseguré en voz baja.

—No me importa si me decepciona, señorita Hart. Me encantaría que lo hiciera, eso sólo probaría que lo que pienso de usted es cierto. No crea que ha entrado oficialmente en Industrias Campbell. Ha iniciado un proceso de prueba. Cualquier error que cometa la pondrá de patitas en la calle en menos de lo que cuesta parpadear. Como le dije, hay más personas que harían cualquier cosa por estar en su lugar Personas con más talento que usted. Así que ni se le ocurra pensar que es especial.

El muy hijo de puta.

Una respuesta se disponía a brotar de mis labios, pero él la silenció levantando una mano.

—Eso es todo.

Me di la vuelta y salí en silencio del despacho.

Me sentí como si me acabara de enterar del fallecimiento de un conocido y estuviera de luto por él.

Ni siquiera sabía qué pensar.

Sabía que, entre otras muchas cosas, Mason Campbell era un tipo maleducado, pero nunca había imaginado hasta qué punto.

Sin establecer contacto visual con nadie, me dirigí a mi escritorio.

Me senté y conté del uno al diez antes de prestar atención al manual del empleado que me había dado.

Estaba a punto de empezar a hojearlo cuando oí una tos.

Levanté la cabeza y vi a Jade, que tenía cara de odiarme, pero sin poder hacer nada al respecto.

—¿Sí?

Puso los ojos en blanco.

—Se supone que tengo que ser tu guía en una maldita visita, como si no tuviera nada mejor que hacer con mi tiempo —protestó, dándose la vuelta sin esperar a mi respuesta.

Me quedé mirando su forma de retirarse, preguntándome desde cuándo tenía el síndrome premenstrual o, como alternativa, si su mala leche era algo natural. ¿Todo el mundo allí era horrible?

No recordaba la última vez que me había rodeado gente tan miserable.

Ni siquiera el instituto había sido tan malo y aquello era mucho decir.

La señorita Caraputa probablemente pensaba que era una de las mejores empleadas de aquella empresa, por eso te pisaba sin importarle nada y creía que todo el mundo tenía que obedecerla.

Bueno, yo no iba a ser la perra de nadie.

Volví a centrarme el manual, abriendo la primera página.

—¿No vienes? —oí que Jade me gritaba.

Mirando su cara de enfado, levanté una ceja.

—Oh, no sabía que querías que fuese contigo. Deberías haberlo dicho.

Cerré el manual y me levanté para seguirla.

Los siguientes treinta minutos fueron muy aburridos.

Jade me mostró todas las dependencias del edificio. Yo sabía que no iba a recordar todos los lugares, porque no estaba prestando toda mi atención.

Casi bailé de alegría cuando me senté de nuevo en mi silla.

Por fin había terminado el suplicio.

Estar en presencia de Jade había consumido la poca felicidad que me quedaba.

A las ocho y cincuenta y cinco exactamente, me apresuré a ir en busca té del señor Campbell.

Hice una pausa, tratando de recordar si me había dicho la cantidad de azúcar que quería.

Me arriesgué mucho y no le puse azúcar a su té.

Aquella decisión podía salvarme o echarme de la empresa.

Cuando me dio permiso para entrar en su despacho, lo hice con mucha calma, por primera vez sin miedo.

Mantuve el té frente a él y esperé a que me pidiera que me fuera.

El señor Campbell se tomó su tiempo para terminar con su portátil antes de coger el té.

Suspiré aliviada cuando no empezó a gritar por faltar el azúcar.

—Puede retirarse —dijo, con frialdad.

Ni siquiera me había mirado.

—De nada, señor —dije, dándome la vuelta para salir del despacho.

Su voz me detuvo.

—¿Qué acaba de decir? —inquirió. Había incredulidad en su tono. Una ola de ira aterradora que hizo que me temblaran las piernas—. ¿Está siendo sarcástica conmigo, señorita Hart?

Sacudí la cabeza, tratando de determinar el momento exacto en que mis sentidos habían abandonado mi cuerpo.

No estaba siendo sarcástica. ¿Cómo podría serlo cuando sabía que tenía un jefe como él?

Fue simplemente un instinto el que me había hecho soltar aquello.

—Lo siento, señor. Ha sido sin mala intención —me excusé. Había perdido la cuenta de las veces que me había disculpado desde nuestro primer encuentro.

Y algo me decía que la lista seguiría creciendo.

Entrecerró los ojos, intentando doblegarme y dejar patente que yo era débil e incapaz de soportar la presión.

Al menos, eso era lo que creía que estaba haciendo.

—Puede irse.

Salí corriendo de allí, respirando adecuadamente cuando estuve fuera de su mirada fulminante.

Escuché una risa baja y me giré hacia su origen.

Un tipo pelirrojo, alto y delgado me miraba fijamente, con los labios curvados en una sonrisa de satisfacción.

Llevaba el cabello corto y oscuro a los lados, el pico en el centro era un poco largo y desordenado.

Cuando vio que le había localizado, se acercó a mi cubículo.

—Felicidades —dijo con voz profunda y un toque de sorna—. Has sobrevivido a dos visitas a su despacho. Eso merece una celebración.

No pude evitar sonreír, y con motivo.

Por un lado, supe que probablemente estaba diciendo la verdad. Por otro, intuí que me iba a gustar. Parecía diferente a los demás.

—¿Te gustaría grabar eso en una taza y traérmela a mi escritorio? —pregunté, tras ejecutar una pequeña reverencia que le arrancó otra risa.

—Chica lista. Eso mejoraría tu satisfacción. Vendido.

Extendí mi mano, mi sonrisa se hizo más amplia.

—Soy Lauren. Lauren Hart.

El pelirrojo soltó una mano de su taza y estrechó la mía.

—Encantado de conocerte, Lauren. Soy Aaron Hardy. Es muy agradable ver a alguien salir de la oficina del jefe sin lágrimas en los ojos.

—Se podría decir que soy valiente.

Asintió, inclinando la cabeza hacia un lado para estudiarme mejor.

—O puede que estúpida. ¿Por qué aceptaste este trabajo? —preguntó, y, antes de que pudiera responder, me cortó con una exclamación—. ¡Ajá! Creo que lo tengo. Es por el sueldo, ¿no? Siempre es por la pasta.

—Algo así —reconocí, y puse los ojos en blanco—. Necesito el dinero.

—Ah Ya veo

—Eres muy amable conmigo. ¿Cómo es posible? Todo el mundo me odia o está por odiarme. Son todos muy estirados. ¿Nunca se toman un respiro?

—Bueno —rió, con los hombros temblando—, Créeme si te digo que están celosos de ti. El señor Campbell no suele contratar, y disculpa mi elección de palabras, a personas como tú. Le gustan los empleados con clase, gente que no avergüence a su empresa. Todos estos creen que tú podrías ser especial para él.

Resoplé.

—Eso es muy estúpido. Campbell me odia.

—Te odia porque odia a todo el mundo. No es algo personal.

—Me pregunto por qué.

—Y eso, mi querida Lauren, es lo que siempre nos preguntamos —dijo, guiñándome un ojo—. Volvamos al trabajo, no sea que nos obliguen a hacer horas extras por estar de cháchara.

Me puse a su lado, con cara de sorpresa.

—¿Hablas en serio?

—¡No! —se carcajeó—. El tipo no es tan cabrón.

Dejé de caminar y le lancé una mirada incrédula. Aaron se dio la vuelta y se encogió de hombros.

—Vale, quizá lo sea.

—Un cabrón de categoría especial, si me lo preguntas.

Alguien se aclaró la garganta y me quedé helada, con el corazón a mil por hora.

Las risas de Aaron me sacaron del trance.

—Oh, Dios mío —se tronchó—. Deberías haber visto tu cara. ¡Pensabas que era él!

—¿No lo era?

—No, pero debes tener cuidado con lo que dices.

Una chica de pelo verde me sonrió, pasando su brazo por el cuello de Aaron.

—¿Es la nueva?

Me erguí, levantando los hombros y la miré fijamente a los ojos.

Se rió.

—Tranquila, chica, que no muerdo —dijo, divertida, al ver que intentaba mantenerme firme.

Me relajé de inmediato, aceptando que no tenía mala idea. No emitía señales de desprecio.

—Soy Atenea —se presentó. Levanté una ceja. Ella sonrió—. Cosas de mi madre, es un poco rara.

—Tienes el pelo verde y trabajas aquí.

Sabía de sobra que Mason nunca, jamás, contrataría a alguien con el pelo de colores.

—Eso es porque no puede despedirme. Soy su tía.

—¡¿Qué?! Pero no pareces tener más de…

—¿Veintitrés? —aventuró Atenea—. Sí, me lo dicen mucho. Es mayor que yo, pero soy su tía, bla, bla, bla… Su madre es mi hermanastra.

Supuse que me encontraba ante la única persona con la que Campbell se mostraba amable.

Atenea se quedó mirando mi cara aturdida.

—Oh, cariño, el hecho de que sea su tía no me salva de recibir su mierda también.

—Sí, pero eres la única persona a la que parece respetar —señaló Aaron.

La joven se encogió de hombros, como si no fuera para tanto. Nunca creí que el señor Campbell fuera capaz de respetar a alguien.

Desde mi punto de vista, su enorme ego, del tamaño de la tierra, no podía ser capaz de soportar algo así.

Era extraño, tratándose de un hombre que exigía respeto dondequiera que iba.

—Volvamos al curro.

Le di una palmadita en el hombro a Aaron antes de dirigirme a mi escritorio.

Me esperaba un largo y doloroso día.

 

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Nota: Esta historia es la versión original de la autora y no tiene sonido.

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