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En el fin del mundo

Savannah Madis era una feliz y alegre aspirante a cantante hasta que su familia murió en un accidente de coche. Ahora vive en una nueva ciudad, va a un nuevo colegio, y por si eso fuera poco, está en el punto de mira de Damon Hanley, el chico malo del instituto. Damon está totalmente confundido con ella: ¿quién es esa listilla que no deja de sorprenderlo? Damon no puede quitársela de la cabeza y, por mucho que odie admitirlo, Savannah siente lo mismo. Se hacen sentir vivos el uno al otro. Pero, ¿será eso suficiente?

Clasificación por edades: 18+ (Contenido sexual gráfico, violencia)

Advertencia: este libro contiene material que puede considerarse molesto o perturbador.

Autora original: Emily Writes

Nota: Esta historia es la versión original de la autora y no tiene sonido.

 

En el fin del mundo de Emily Writes ya está disponible para leer en la aplicación Galatea. Lee los dos primeros capítulos a continuación, o descarga Galatea para disfrutar de la experiencia completa.

 


 

La aplicación ha recibido el reconocimiento de la BBC, Forbes y The Guardian por ser la aplicación de moda para novelas explosivas de nuevo Romance.
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Resumen

Savannah Madis era una feliz y alegre aspirante a cantante hasta que su familia murió en un accidente de coche. Ahora vive en una nueva ciudad, va a un nuevo colegio, y por si eso fuera poco, está en el punto de mira de Damon Hanley, el chico malo del instituto. Damon está totalmente confundido con ella: ¿quién es esa listilla que no deja de sorprenderlo? Damon no puede quitársela de la cabeza y, por mucho que odie admitirlo, Savannah siente lo mismo. Se hacen sentir vivos el uno al otro. Pero, ¿será eso suficiente?

Clasificación por edades: 18+ (Contenido sexual gráfico, violencia)

Advertencia: este libro contiene material que puede considerarse molesto o perturbador.

Autora original: Emily Writes

Nota: Esta historia es la versión original de la autora y no tiene sonido.

Savannah

—Rápido, chicas, vamos, vamos.

El entrenador Kline hizo sonar su silbato, provocando que las personas más cercanas a él se asustaran del estridente sonido.

Llevaba una camiseta deportiva gris que le marcaba la barriga cervecera, y unos pantalones de baloncesto blancos y azules demasiado cortos y ajustados para su figura.

Sus pintas de actor porno de los 70 eran hasta cómicas.

Seguro que usaba cera para el pelo y probablemente se pusiera autobronceador como un asqueroso pervertido.

Esa era la clase de vibra que desprende.

Tras una palmada, todas salimos de la pista y nos dirigimos a los vestuarios, entrando una por una.

Los bloques de hormigón armado recorrían el camino y las baldosas azules cubrían el suelo.

El dibujo de un lobo pintado en la pared era el emblema del instituto, que simbolizaba el espíritu juvenil, aunque no podía decir que el mío estuviera muy animado en este lugar de mierda.

Al menos, no todavía.

Sudorosa y asquerosa por el ejercicio físico forzado y el calor sofocante, supe que estaba lista para una ducha.

Que agosto fuera uno de los meses más calurosos y vivir en la costa no ayudaba.

Sólo era la tercera semana de clase y todavía no había logrado pasar desapercibida.

Todavía encontraba la manera de que me siguieran viendo como la chica nueva.

Si no era tropezando con los nombres de los profesores o haciendo algo que me señalara, era por las miradas interrogantes, los comentarios sarcásticos y los cotilleos sobre quién era y por qué Percy y yo somos inseparables.

Ninguno de ellos se molestaba en ocuparse de sus propios asuntos, pero oye, supongo que así es el instituto.

Entré en los vestuarios, cogí mi ropa e intenté abrir la estúpida cerradura de la taquilla, antes de rendirme por decimoquinto día consecutivo y dirigirme a las duchas.

Estos cerrojos eran demasiado complicados y aunque se supone que deberían ser prácticos, no lo eran en absoluto.

Percy me volvió a explicar cómo se abría y yo juro que le presté atención, pero cuando él no estaba, seguía sin conseguir que mi taquilla del gimnasio funcionara bien por mucho que lo intentara.

Ya había llegado tarde a clase unas cuantas veces por culpa de esto, ganándome dos faltas de asistencia en apenas un mes de clase.

Tragándome mi irritación, solo podía pensar en terminar la escuela, salir del instituto y olvidarme de una vez por todas de mierdas como esta.

¿Quién no puede hacer que un puto candado haga click bien?

Obviamente, yo.

Odiaba gimnasia, no sólo por la actividad física, que detestaba por completo, sino porque era la única clase en la que nos separábamos.

Percy era mi primo, mi único amigo en la escuela. No es que buscara hacer más, simplemente era más fácil tener a alguien de tu lado, y él trataba de ayudarme.

Realmente lo hacía lo mejor que podía.

Me coloqué detrás de la cortina de ducha de color beige fluorescente que tienía la mitad del tamaño que debería tener, abrí el agua y me desvestí en lo que ellos llaman “privacidad”.

Me cambié rápidamente, escondiéndome de la vista del resto de las chicas, tratando de concentrarme en acabar lo antes posible.

Mientras me enjabonaba y me enjuagaba el sudor sucio del cuerpo, el resto de las chicas se fueron.

La habitación se llenó de silencio, y aunque me gustaba estar sola, esto era una mala señal.

Volvería a llegar tarde si no me daba prisa.

Terminé mi ducha en tres minutos más y giré los pomos cromados para apagar el agua.

Alcancé mi toalla, pero no encontré nada.

Una ráfaga de pánico me invadió.

Nada en el taburete de fuera, nada en el pequeño gancho junto a la puerta.

Nada.

Al apartar la cortina de la ducha y empujarla hacia mi pecho, miré a mi alrededor y no vi ni mi ropa ni a nadie.

¿Dónde coño está mi ropa?

Sentí que el pánico empezaba a correr por mis venas y me comía viva.

¿Quizá alguien la vio en el suelo y la llevó a mi taquilla?

Esperando que fuera así, arranqué la cortina de la ducha de sus anillas blancas y transparentes y me envolví en ella.

Busqué en el vestuario, pero no encontré ni rastro de mis cosas.

No quedaba nada en mi taquilla: ni mi bolsa de deporte, ni mis zapatos, ni mi sujetador, ni mis bragas, ni mi cepillo del pelo, nada.

Alguien debió cogérmelo todo, probablemente esas chicas estiradas que me habían estado enviando miradas de odio desde el primer día.

Comprobé los cubos de basura, rezando desesperada para que tal vez lo hubieran tirado ahí, pero mi suerte era una mierda.

Al doblar la esquina, miré por todas partes en busca de algo, incluso empecé a tirar de las taquillas al azar con la esperanza de encontrar una que estuviera abierta para poder tomar prestada algo de ropa.

Pero por supuesto, mi suerte era peor que mi vida en este momento, y no encontré nada.

Golpeando mi cabeza contra la taquilla, maldiciendo mi existencia, supe que solo tenía una única opción, y no era bonita.

Me envolví la cortina de la ducha alrededor de mi cuerpo con más fuerza, y asegurándome de que la parte superior, la central y la inferior estaban bien sujetas, salí corriendo.

Subí tan rápido como pude las cortas escaleras y llegué al primer piso de la escuela.

Luego arrastré el culo por el pasillo vacío hasta llegar al vestuario de los chicos y entré.

Afortunadamente no había nadie; la clase ya había empezado y estaba segura de que Percy se estaría preguntando dónde diablos estaba.

Rezando para que sus taquillas estuvieran etiquetadas igual que las nuestras, empecé a buscar por las filas el nombre de Percy.

Al llegar a la segunda fila, lo encontré.

Intenté luchar con todas mis fuerzas contra la cerradura, otra vez.

Pero no conseguí que se abriera.

Las lágrimas me escocían en los ojos y me manchaban la mejilla, haciéndome sentir la desesperación en mis huesos.

Llorar, envuelta en una cortina de ducha, después de haber irrumpido en el vestuario de los chicos tenía que ser un mínimo histórico.

¿Qué otra cosa podría superar esto?

Levanté la vista, y me dispuse a maldecir a Dios por permitirme seguir con vida, pero al girarme, capté un reflejo azul y gris.

Con el rabillo del ojo me di cuenta de que había una taquilla sin ese estúpido candado colgando y lo que parecía ser ropa metida dentro.

¿En serio voy a hacer esto?

¿Robarle a un inocente desconocido?.

No me queda otra.

Conteniendo la respiración, me deslicé frente a ella y la abrí de golpe, sacando la ropa y echándole un vistazo.

Una camiseta y un short de baloncesto, incluso un par de zapatillas, ¡gracias a Dios!

Grande, pero serviría.

Cogí mis nuevos hallazgos y los llevé a las duchas de los chicos, me vestí en una carrera loca por cubrirme con ropa de verdad, aunque no fuera la mía.

Sabiendo que mi chaqueta estaba en mi otra taquilla, a salvo, no me importaba ir sin sujetador hasta entonces.

Tener las tetas grandes era una mieda.

Si no llevas sujetador, es muy evidente.

No es que cuelguen súper bajo ni nada, es que… a grandes tetas, grandes problemas.

Resuelto el problema inmediato, sentí un tirón de orejas en mi conciencia.

No podía robarle la ropa a un desconocido.

Mi tío era el ayudante del sheriff, por el amor de Dios.

Pero la necesitaba.

¿Y si la tomo prestada?

Me la llevaré a casa, la limpiaré y luego la devolveré.

Sintiéndome mejor con ese resultado, volví a la taquilla, arranqué un trozo de papel del estante superior y con el bolígrafo que estaba tirado en el fondo escribí una nota.

—Te devolveré la ropa de gimnasia. Lo siento.

Pensé en poner mi nombre, pero creí que podría ir mejor si se la devolvía sin que nadie lo supiera.

Metí el papel por arriba y lo dejé colgado del ganchito para asegurarme de que lo viera.

Al cerrar el casillero, memoricé el nombre escrito en él para saber a quién devolvérsela, junto con una nota de agradecimiento y probablemente una tarjeta de regalo o algo así.

Me sentía como una mierda por coger eso.

Incluso con la pura intención de devolverlo, me sentía como una ladrona.

—Lo siento D. Henley —susurré en el silencio, dejando atrás el vestuario y esta pequeña debacle.

Cuando llegué a mi otra taquilla, sonó el timbre y todos salieron de sus clases para dirigirse a los pasillos.

Estos se llenaron de chicos de mi edad, y las miradas de reojo me hacían sentir muy incómoda.

Con los brazos en el pecho, me apresuré a abrir la puerta de mi taquilla y me cubrí con la chaqueta para ocultar mis tetas.

—¿Dónde…? ¿Qué llevas puesto? ¿Qué ha pasado? —Percy me miró con preocupación.

Su pelo rubio y liso caía por su frente y sus cálidos ojos marrones me estudiaban, buscando cualquier signo de preocupación.

—Esas malditas Barbies de plástico creo que me robaron mis cosas. Tuve que usar una cortina de ducha para cubrirme, luego pensé que podría usar tu ropa de gimnasia pero no pude abrir tu estupido candado.

—Por suerte encontré esto en una de las taquillas..

Me pasé los dedos por mi largo pelo color caramelo, apartándome un mechón de la cara mientras me preparaba para la última clase del día.

—Espera, ¿has corrido por la escuela desnuda y has entrado en el vestuario de los chicos? ¿De quién es la ropa que llevas? —Sus cejas se arrugaron.

El timbre sonó, indicando que era el momento de irnos.

Sacudiendo la cabeza y empujándome, Percy y yo caminamos hacia la clase.

Él un poco delante de mí, comentándome el trabajo que tendría que hacer.

La siguiente hora y media se me hizo interminable.

Volvimos a casa caminando, como todos los días. Con los chicos de la escuela que ya conducían pasando a toda velocidad por delante nuestro

—Sabes que puedo ir y volver de la escuela sola. Sé que echas de menos conducir, no tienes que dejarlo por mí.

El sol apretaba, haciéndonos sudar y obligándome a abanicarme la cara con una carpeta.

Miré hacia adelante, en la carretera, podía ver el calor que rezumaba de las aceras.

Percy tenía coche, carné de conducir y una plaza de aparcamiento en la escuela que había pagado.

—No pasa nada, Van. Caminar es bueno para los dos. —Percy me dio un empujón con el codo.

Pero yo sabía que solo estaba tratando de ser amable.

Echa de menos su coche y la conducción.

Pero como le dije que no me subiría a ningún otro vehículo para salvar mi vida, decidió seguir mi locura para intentar hacerme sentir mejor por estar sola.

No siempre fui así.

Pero hace cinco meses mi vida cambió.

Un día fuimos a dar un paseo en coche, para ir al cine, y empezó a llover.

El neumático del lado del pasajero estalló, nos metimos de lleno en un charco y, por la velocidad y la poca adherencia, nos salimos de la mediana y caímos al río.

Papá murió en el impacto.

Mamá nos sacó a Morgan y a mí del coche, pero fue arrastrada por la corriente y se ahogó.

Morgan murió de neumonía en el hospital una semana después.

Me desperté dos semanas después y descubrí que toda mi familia había desaparecido.

Percy y su padre, el tío Jonah, eran lo único que me quedaba.

Un accidente de coche fue peor que el Armagedón en el caso de mi familia.

Aunque sólo fue… mi mundo el que terminó.

La vida continuaba.

La gente que me rodeaba seguía riendo y sonriendo, haciendo planes del futuro y pensando en su felicidad, pero yo no.

No había vuelto a sonreír ni a reír desde entonces.

En la terapia asignada por el tribunal a la que estaba obligada a ir, eso era lo que estábamos trabajando.

¿Pero cómo podía reírme sin pensar en que la risa de Morgan era la más contagiosa y ahora se había perdido para siempre?

¿Cómo podía sonreír sin recordar la sonrisa de mamá iluminando la habitación y haciéndome sentir siempre en casa?

¿Qué iba a volver a hacerme reír ahora que ya no iba a volver a escuchar los chistes ridículamente cursis de papá que me hacían gemir y poner los ojos en blanco?

—Siento que hayas tenido un día de mierda, ¿la pizza lo mejoraría? —Percy marcó el código en la puerta principal, dejando que se desbloqueara y se abriera.

El aire acondicionado frío y ruidoso nos golpeó como si un muñeco de nieve helado que nos soplara un beso.

La casa del tío Jonah era bonita, y ahora también era la mía, como les gusta recordarme.

Era más pequeña que la casa de mi familia, pero como sólo estaban Percy y mi tío, no necesitaban mucho más.

Un sencillo edificio de dos plantas de ladrillo blanco con una piscina en la parte trasera y un bonito porche en la parte delantera, en el que mi tío mandó poner un columpio para mí.

Estaba en un buen barrio, no estaba en el sofocante centro ni en una aburrida urbanización privada.

Se encontraba un poco apartada, , pero había otras casas dispersas por la carretera que se podían ver desde el porche.

—La pizza lo hace todo mejor. —Puse los ojos en blanco y subí las escaleras.

Arrojando mi bolsa al suelo y despojándome de la ropa del desconocido, me puse mi pijama.

Ponerme un sujetador y unas bragas me hizo sentir humana de nuevo.

Mi camiseta negra de la Odisea me caía por el pecho y no me marcaba la figura.

Mis sencillos pantalones cortos negros de chico eran lo suficientemente largos como para cubrir las marcas de autolesiones que asomaban en la parte superior de mis muslos.

Al meter la camisa y los pantalones cortos del desconocido en la lavadora, me aseguré de añadir más jabón para que oliera bien y estuvieran bien limpios cuando se los devolviera.

Luego, le pasé un paño a las bambas azules y grises intentando darles algo de brillo.

—¿Crees que debería comprar una tarjeta regalo de alguna tienda, o, no sé, de algún supermercado? Eso quizás es una apuesta más segura, ¿no?

Percy dejó la consola y se sentó en el sillón gris que enmarcaba el salón.

La pantalla plana del televisor colgaba de la pared frente a nosotros como un faro que atraía nuestra atención.

—¿De quién es la ropa? Probablemente lo conozca lo suficiente para poder darte alguna idea.

Percy se metió un Cheeto en la boca y me acercó la bolsa mientras me sentaba a su lado.

—Eh… joder, se me ha olvidado. —Mi mente se quedó en blanco pensando en la etiqueta de la taquilla, haciendo que Percy se riera y sacudiera la cabeza.

Dato curioso sobre el traumatismo craneoencefálico, la pérdida de memoria es una de sus secuelas.

Ya sea a corto o a largo plazo, y el grado de gravedad, es cuestión de suerte.

El mío era bastante bueno. No es que fuera Ten Second Tom de 50 Primeras Citasni nada por el estilo.

Era solo que me resulta más difícil retener pequeños fragmentos de información cuando antes tenía la memoria de un elefante.

Ahora olvidaba las conversaciones con facilidad, estudiar era más difícil, me olvidaba de las cosas que necesitaba si no hacía una lista y aprenderme el nombre de alguien era ridículamente difícil para mí.

Pero eso no era todo. Tenía ataques aleatorios de ira incontrolable, pesadillas y migrañas enfermizas.

Golpearse la cabeza con la ventanilla del coche yendo a 75 millas por hora causaba esos problemas.

¿Quién lo diría, verdad?

También estuve bajo el agua durante un tiempo, algo de la falta de oxígeno hizo que algunas cosas se jodieran en mi cerebro.

—Te llegará, no te preocupes. ¿Dónde estaba la taquilla? —preguntó tras otro puñado de patatas fritas.

Utilizando mis manos, intenté repasar cómo estaban colocadas.

—Ni siquiera lo sé. Estando tu taquilla aquí, creo que su taquilla está de cara al exterior y tal vez la cuarta… —Cogí un puñado de patatas fritas y le dejé pensar.

—Creo que es mejor la tarjeta del supermercado, probablemente sea la taquilla de Noah, Patrick o Zack. Espera no, ¿dijiste que no tenía cerradura?

Sus ojos marrones se abrieron de par en par con preocupación al darse cuenta de quién podía ser la taquilla.

Asintiendo con la cabeza, arrojó el mando al suelo y se levantó.

—¿Era D. Henley? —Su voz me rogaba que dijera que no, pero el nombre me sonaba y estaba bastante segura de que era exactamente ese.

—No lo sé, ¿tal vez? Tal vez no. —Levanté una ceja al verlo, preguntándome por qué parecía tan asustado de repente.

Su rostro se volvió pálido.

—Nadie te vio, ¿verdad? —Se agachó frente a mí, colocándose a la altura de mis ojos.

—Por supuesto que no, estaba envuelta en una cortina de ducha. —No entendía por qué tanta preocupación.

Se llevó una mano a la cara y se la enroscó en el pelo, suspirando.

—Olvídate de devolver nada hasta que averigüe a quién se la has quitado, y no le digas a nadie lo que ha pasado. Ni siquiera a papá, ¿vale?

Asintiendo, se levantó de nuevo y salió del comedor en dirección al salón.

—¿He abierto la taquilla del hijo del alcalde o algo así? —Mi curiosidad se disparó.

Percy se detuvo, soltando una risa seca.

—Más bien el hijo del diablo. Damon Henley es el hijo de Lucien Henley, el líder de la banda del clan de moteros con el que papá siempre se pelea.

—Cuando consigue detener a alguno de ellos, siempre pasa algo, o bien se desestima el caso o desaparecen las pruebas, desaparecen los testigos… siempre se libran.

Sacudió la cabeza. Antes de que pudiera preguntar nada más, el tío Jonah entró por la puerta con tres cajas de pizza extra grandes y una sonrisa cansada torcida en los labios.

—Hola chicos, ¿cómo están mis soldados?

Su voz era alegre, pero podía oír el cansancio y el estrés colgando en sus boca.

Al igual que mi padre, el tío Jonah hacía todo lo posible por ocultar los problemas de los adultos a sus hijos.

Cosa que me hacía sentirme aún peor.

Ahora teníamos que hacer un control de daños para intentar no cabrear a una banda de moteros.

Genial.

Justo lo que necesitábamos.

 

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2

Savannah

Percy y yo habíamos mantenido este pequeño percance en secreto durante los últimos dos días.

Estuve tratando de averiguar de quién era la taquilla que abrí y cómo podía devolver la ropa si fuera de ese tal Damon Henley.

Dado que era el hijo del rey de los moteros y tenía una guerra abierta con la policía, siendo yo la sobrina del ayudante del sheriff, era algo complicado, según decía Percy.

Después de tres días, pensé que era el momento de encarar la situación y aceptar cualquier problema que ese Damon quisiera lanzarme.

Dos horas antes de que nos levantáramos normalmente para ir a la escuela, me escabullí de la casa y caminé hasta el supermercado que había unas manzanas más abajo.

Comprar una tarjeta regalo a las cuatro de la mañana me hizo recibir una mirada extraña de la cajera.

Volver a casa en menos de treinta minutos y colarme de nuevo fue tan fácil que pensé en hablar con el tío Jonah sobre la mierda de sistema de seguridad que tenía contratado.

Había hecho una carta de agradecimiento sin nombre para pedirle perdón por haberle “cogido prestada sin preguntar” su ropa y sus zapatos.

Y agradeciéndole que dejara el candado quitado para que pudiera usarla en ese momento de máxima necesidad.

Le añadí la tarjeta regalo como agradecimiento.

Incluso planché su ropa y la metí en una caja de terciopelo negro a la que le puse un lazo azul para que pareciera que me había tomado realmente en serio el hecho de guardarle la ropa.

Quería asegurarme de que este tipo supiera que no le estaba robando; fue por una emergencia real y le estaba realmente agradecida.

La escondí en mi mochila, y cuando Percy y yo llegamos a la escuela le pedí que me señalara a Damon Henley.

Le dije que era para asegurarme de no acercarme a él.

Creyendo la mentira, lo hizo.

—Vale, no mires todavía, pero es el del medio, el del pelo negro.El más alto junto al baño.

Señaló despreocupadamente sin girarse para indicármelo.

Actuando como si estuviera mirando por el pasillo, mis ojos dieron con el chico con el que tenía que hablar.

Percy hablaba de Damon como si fuera legítimamente el heredero de Lucifer, y al mirarlo pude conectar algunas verdades que casi me dieron ganas de reír.

Dicen que Lucifer era el mejor, el ángel más glorioso y guapo del cielo, y mirando a ese tal Damon Henley, vi que era cierto.

Damon, dulce niño Jesús.

Parecía un ángel caído del cielo, con una chaqueta de cuero negro y unos vaqueros rotos.

Tenía el pelo negro y oscuro, engominado hacia atrá para mantenerlo alejado de la cara… su longitud parecía sacada de un sueño húmedo…

Lo suficientemente largo como para que quisieras jugar con él, y que le daba ese aspecto de chico malo que fuma bajo las gradas.

Los tatuajes se le asomaban por el cuello en V de su camiseta blanca que dejaba ver también sus enormes hombros y su esculpida clavícula.

Nunca pensé que un cuello pudiera ser sexy, pero al ver como Damon se giraba para mirar al tipo que tenía al lado, dejando aún más al descubierto sus tatuajes, sentí como si mis bragas se desintegraran.

En todos mis diecisiete años y medio de vida nunca había visto un ser humano tan jodidamente guapo.

Debería ser ilegal.

Y cuando se peinó con los dedos, acariciando sus mechones formando una onda casi despeinada, me quedé embelesada.

Cuando crecí empecé a fijarme en los chicos muy pronto.

A los diez años, me metí en problemas por jugar a la botella, y a los trece verdad o reto era mi juego favorito.

Me di cuenta pronto de que me gustaban demasiado los hombres.

Nunca salí con nadie en serio ni llegué hasta el final, pero era de sangre caliente como mi madre intentaba explicarme.

Decía que era demasiado impulsiva y que necesitaba pensar las cosas antes de hacerlas.

Siempre aceptaba los retos, me rompí algunos huesos y me metí en problemas bastante a menudo mientras crecía.

En los veranos que Percy y yo pasábamos juntos, él se dejaba arrastrar por mis locuras aunque yo me aseguraba de que nunca tuviera la culpa.

Sin embargo, no me había sentido así, nunca.

Damon rebosaba sex appeal, y Dios, yo quería ser la esponja que lo absorbiera todo.

—Oye, Tierra llamando a Van. —Percy chasqueó sus dedos frente a mi cara, haciéndome caer de nuevo en mi dura y cruel realidad.

—Oh, no —susurré, lanzándole a Percy una mirada que le hizo llevarse el libro de texto a la frente.

—¡No, Vannah mala! Absolutamente no. —Me agarró del brazo y me sacó del pasillo.

Me metió en el comedor y me empujó a mi asiento.

—No lo hagas, y lo digo en serio. No intentes nada con él. Es una mala idea.

Sé que está hablando en serio, y es de risa lo mucho que intenta convencerme de que me aleje.

Si esto hubiera pasado hace seis meses, si fuera la misma persona de entonces, me habría acercado a él y habría empezado a hablarle.

Antes era capaz de hacer amigos al instante fuera donde fuera.

Solía atreverme a todo.

Tenía una confianza asesina; amaba mi cuerpo y me encantaba cómo me hacía sentir.

Lo mostraba y era dueña de cada centímetro de mi piel. Eso me ayudó a convertirme en la estrella del coro; gané todos los concursos, ya fueran en solitario o en grupo.

Me amaba.

Lo cual era súper raro siendo una adolescente.

El mundo que nos rodea se aprovecha de las inseguridades de los jóvenes y los hace vulnerables.

Ahora era esa chica que siempre pensé que tenía suerte de no ser.

Ahora estaba rota y me sentía insegura.

Tenía cicatrices, y las peores eran invisibles a los ojos.

Antes estaba llena de vida, siempre bromeando, me encantaba hacer reír a la gente.

Era brillante, cálida y alocada.

Sonreía todo el tiempo; yo era la fiesta.

Ahora, ya no queda nada de esa vieja versión de mí misma, solo lo malo.

Antes no tenía miedo.

Iba detrás de cualquier cosa o persona que quisiera; solía mandar en el escenario y vivir en el centro de atención.

Mirándome ahora, no lo creerías.

Parece una realidad tan lejana…

Esa chica murió con su familia.

La que despertó está hueca y oscura, atrapada en las sombras y odiando la idea de volver a cantar.

Es tranquila y reservada.

Cautelosa y retraída.

Ya no hay fiestas ni chistes que contar, ni risas que escuchar, ni sonrisas que regalar.

Ya no soy brillante ni alegre.

Pasé de Tigger a Ígor y de alguna manera Percy se olvidó de eso.

—Tranquilo, no voy a hacer nada. —Le quité las manos de los hombros y me moví un asiento más allá para darnos algo de espacio.

El traumatismo craneoencefálico, como cualquier otro traumatismo, es una mierda.

Después de todas las pruebas, las pastillas y la terapia, psiquiátrica y física, acabé con una gran lista de secuelas.

Antes solía ser sólo Savannah Gabrielle Madis.

Ahora era más mis secuelas que una persona.

Los médicos me pasaron por alto y sólo vieron los problemas de mi cuerpo y no los míos propios, lo que esos problemas le estaban haciendo y causando a lo que soy. O a lo que era, más bien.

Qué tipo de peaje me estaba haciendo pagar la medicina.

Era como si sólo vieran lo que tenía y no a mí.

Mi cerebro se quedó marcado y mutilado por el accidente de coche, junto con otras partes de mi cuerpo.

Hubiera sido más fácil si mi mente se hubiera salvado… como si no hubiera perdido ya lo suficiente, ¿verdad?

En mi siempre creciente lista de partes jodidas, tengo TEPT, claustrofobia, ansiedad, depresión, esquizofrenia desencadenada por el estrés y la lista no sólo sigue, sino que también cambia.

¿No es divertido?

Diferentes terapeutas me dan diferentes diagnósticos.

Sí.

Diversión asegurada.

También diferentes medicamentos.

Actualmente tomo un puñado por la mañana y por la noche, junto con la “medicación de rescate”. Que guardo en mi bolso como una manta de seguridad.

Cuando nos separamos para ir al gimnasio, traté de ignorar a las chicas del vestuario que se reían y cuchicheaban a mis espaldas.

Si fuera mi antigua yo, habría corrido a ocuparme de ellas, pero… las cosas habían cambiado.

Durante los últimos días había guardado todas mis cosas en mi taquilla de arriba.

Cuando empezamos a correr, antes de terminar la primera vuelta, le pregunté al entrenador Kline si podía ir a cambiarme las zapatillas.

Sabiendo que no me dejaría ir al baño, actué como si hubiera olvidado por completo que llevaba sandalias y no bambas.

Como es un gilipollas de los grandes, accedió y me dijo que me diera, que no quería tener que ir a buscarme.

Pensé que así podría volver a colarme en el vestuario y que me acordaría de la taquilla cuando la viera.

Con la tarjeta de agradecimiento y la caja ribeteada de terciopelo negro en mis manos, corrí hacia las puertas del vestuario de los chicos y intenté escuchar si había alguien dentro.

Al no oír nada, entré; sigilosa como siempre, canalicé mi 007 interior y me moví rápidamente por las filas de taquillas hasta encontrar la de Percy.

Recreando ese día, me paré frente a ella y bajé. Efectivamente, la única taquilla sin un maldito candado era la de D. Henley.

Al abrirla, meto la caja con la tarjeta de agradecimiento dentro.

Sintiéndome bien por ello, cierro la puerta, dándome un pulgar arriba a mi misma, y chasqueo los dedos como si fuera la mejor antes de girar sobre mis talones…

…y chocar con una pared de ladrillos revestidos de tela.

Tras caer de culo al suelo, suelto un jadeo de pánico que sale involuntariamente de mi pecho.

Coloco una mano a mi nariz y me la froto en círculos para intentar aliviar el dolor, mis ojos se levantan para ver al ángel oscuro y sus dos matones frente a mí.

—¿Qué coño acabas de poner en mi taquilla? —gruñe Lucifer, con los brazos cruzados en el pecho como pitones abultados.

Si no estuviera tan sorprendida, podría haberme desmayado por la profunda voz masculina que sonaría como un dulce chocolate derretido en cualquier otra conversación.

Tuve que estirar el cuello hacia atrás para mirarle a los ojos.

—Habla, muchacha —ladra, mirando fijamente mi estado de shock.

—Pobrecita, deja de asustarla—, —coquetea el rubio cenizo de su izquierda.

—Ah, sólo quiere ser tu amiga, sé amable. —Suelta el chico de pelo castaño sucio de su derecha con una sonrisa encantadora y un movimiento de pestañas.

—No, no lo sé. Sólo estaba devolviendo algo. —Me pongo en pie, limpiando mis manos en mis pantalones cortos azules.

—¿Devolver qué? —Damon se adelanta; lanzándome una mirada podría hacer llorar a los bebés.

—Oh, mierda, ella es la que se llevó tu mierda, mira.

El rubio sostiene la caja, le entrega la tarjeta de agradecimiento al chico de pelo castaño y abre la tapa.

En ese instante, vi cómo el lazo azul que me tomé tanto tiempo en preparar caía al suelo y se reducía a nada en cuestión de segundos.

—Así que tú eres el pequeño y sucio ladrón. ¿Me deseas tanto que robas mi ropa sucia? Tía, debes estar realmente mal. —Damon recorre con sus ojos mi cuerpo como si le diera asco verme.

Siento que mis mejillas se encienden; la ira llega a mi torrente sanguíneo. Sumada a mi evidente vergüenza, formando la peor de las combinaciones.

Resoplo y pongo los ojos en blanco.

—Vaya, ¿cómo puedes ser tan engreído? Ni siquiera sé quién eres.

Sabemos que es mentira, pero la verdad es que no lo sabía cuando cogí su maldita ropa.

Sin pensármelo, me acerco a él; encararme con este imbécil no estaba en la lista de cosas por hacer, pero allá vamos.

Sus ojos se fijan en los míos sin titubear.

—En segundo lugar, no soy un ladrón. Cogí prestadas tus cosas sin pedirlas y ahora te las estoy devolviendo.

Me cruzo de brazos e imito su postura, devolviéndole también la mirada.

—Te he escrito una tarjeta de agradecimiento. Y oh, una tarjeta de regalo de 40 dólares para Murphy's. Agradecido.

El chico de pelo castaño se la entrega a Damon para que la mire, quien le da un rápido vistazo, antes de volver a intentar intimidarme mentalmente.

—Coger prestado algo sin pedirlo es robar. Eres una puta ladrona, sin mencionar mi ropa sucia… Maldita enferma —escupe, como si yo fuera inferior y estuviera 100% equivocada.

—No, en realidad, no lo es. —Respondo, altiva, con la cadera ladeada y los ojos clavados en los suyos en una muestra inquebrantable de dominio.

—Coger prestado sin pedirlo es de mala educación, pero si se devuelve, no es robar. Además te dejé una nota como garantía.

—Los ladrones no suelen dejar notas, ni les entregan regalos a sus víctimas. Créeme, si hubiera tenido otras opciones ese día, no habría ido a por tus desagradables pertenencias.

—Ahora, siento haber cogido tu ropa pero no tenía otra opción. La lavé, la sequé y la planché, dije que lo sentía, así que adiós y gracias por no tener un estúpido candado.

Señalé el candado plateado que colgaba del resto de las taquillas azules que nos rodeaban.

Dando un paso atrás, me di la vuelta y me alejé, pero cuando llegué a la puerta el rubio estaba de pie frente a ella.

—¿Quién eres? —susurró con una sonrisa y un brillo de asombro en los ojos.

—No soy nadie. —Igualé su nivel de voz, haciendo crecer su suave sonrisa.

—Oye, no he dicho que te puedas ir. Nadie me habla así —gruñó Damon detrás de mí.

Me di la vuelta y le sonreí.

Sí, lo sé.

Damon me había seguido por las taquillas, dejándome atrapada entre el chico rubio y su imponente cuerpo.

El rubio se llevó la mano a la boca para tapar una carcajada.

—¿Por qué la cogiste? —El chico de pelo castaño se apoyó en la fila de taquillas que tenía detrás.

—Porque la necesitaba. —Le miré a los ojos mientras respondía.

—¿La necesitabas por qué? —Damon arremetió.

Como no quería aumentar mi vergüenza, no quería decirle a nadie la verdad.

—Porque sí —respondí.

Aburrida ya de esta conversación, no quise añadir nada más.

Riéndose de mí, sus mechones negros y engominados se soltaron y empezaron a desplazarse hacia su frente.

Perdí el hilo de mis pensamientos por un segundo cuando vi que tres gruesos mechones de su pelo caían hacia delante y colgaban delante de sus ojos.

Su color oscuro parecía el de un cielo sin estrellas.

—No estoy buscando un juguete nuevo.

Su voz me sacó de mi pequeña ensoñación.

—No tengo ni idea de lo que eso significa.

Ensanché los ojos y apreté los labios para mostrar mi fastidio.

—No te voy a follar, chica.

—Bueno, gracias a Dios entonces. —Levanté las manos al cielo con exageración sólo para cabrearlo.

Los otros dos chicos se rieron, pero el príncipe de las tinieblas que estaba frente a mí parecía estar tratando de entenderme.

—Sinceramente, estás tan lleno de ti mismo que crees que cogí prestada tu sucia ropa de gimnasia para llevarla a casa y así poder ¿qué? ¿Hacer alguna extraña mierda fetichista?

—Esa tiene que ser la razón por la que me la devuelves en privado, usando la discreción para que no se sepa quien la cogió o a quién se la quitaste.

—No sé nada de ti, ni tu nombre, ni cómo eres, nada. Pero no te preocupes, Ángel, no me haces mojar.

Arrugué la cara mientras sacudía la cabeza hacia él.

Los dos matones aspiraron y tosieron para disimular las carcajadas que soltaron.

Damon pareció sorprendido por mis palabras; la verdad es que yo también lo estaba.

No sabía que tenía este fuego todavía dentro de mí.

Los ojos de Damon se abrieron de par en par y sus fosas nasales se ensancharon con un chasquido de su definida mandíbula.

Me aseguré de que mis ojos nunca se apartaran de la oscuridad con la que me había cautivado.

Miré fijamente a esos interminables pozos oscuros y no titubeé.

—Tu nombre —gruñó.

—Lara Croft. —Sonreí, mirando al rubio que se reía detrás de mí.

—Tu maldito nombre, chica. —Sus brazos cayeron a los lados y su cara se puso roja.

—¡Bien! ¿Si te digo mi nombre me puedo ir?

Seguí su ejemplo y bajé las manos también.

Mantuvimos un duelo de miradas durante un minuto hasta que se lamió el labio inferior y respiró profundamente, lo que hizo que pareciera que estaba temblando de rabia.

—Dime tu puto nombre y podrás volver al gimnasio. —Lo dijo con tanta calma que fue como si fuera una persona diferente.

Actuando como si realmente fuera a decirle mi nombre, suspiré y bajé la mirada, actuando como si no quisiera hacer esto, pero me había arrinconado y esta era mi única oportunidad.

—Ginny —murmuré débilmente.

Su ceja se alzó pero no lo cuestionó.

—Apellido.

—¿Por qué? —Fingí miedo, preocupada por el motivo por el que lo necesitaba, como si fuera a delatarme o algo así.

—¡Apellido, chica! —Su cara se volvió a iluminar con el rojo que yo le sacaba con tanta facilidad.

—¡Joder, está bien! ¡Granger! ¿Contento? ¿Ahora puedo irme?

Pisé fuerte y disparé toda la actitud que pude hacia él.

—Adiós. —Se despidió sarcásticamente con alegría.

Me di la vuelta y miré al rubio; agarró el pomo de la puerta y la abrió para mí, haciendo una reverencia y sonriéndome como si le hubiera encantado el espectáculo que acababa de montar.

—Gracias, Sunshine. —Le dije adiós con la mano y fijé los ojos en Damon una vez más antes de doblar la esquina y perderlo de vista.

Me apresuré a volver al gimnasio, sin siquiera cambiarme los zapatos, lo que pasó desapercibido.

Ginny Granger.

Dos de mis personajes favoritos de Harry Potter.

Pensé en mi nombre completo falso.

En la última mitad del año no he querido ni reírme.

Pero pensar que el príncipe motorista malo piensa que mi nombre es sincera y verdaderamente Ginny Luna Granger casi me hace reír a carcajadas.

 

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