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Matrimonio con el CEO

Una camarera que lucha por cuidar a su hermano enfermo recibe una oferta que no puede rechazar. Si se casa con el rico y dominante CEO de una empresa y le da un heredero en el plazo de un año, él le pagará un millón de libras y ayudará a su hermano a operarse. ¿La vida en el castillo será una tortura, o podrá encontrar la felicidad? ¿Tal vez incluso el amor?

Calificación por edades: 18+

Autora original: Kim L. Davis

Nota: Esta historia es la versión original de la autora y no tiene sonido.

 

Matrimonio con el CEO de Kimi L. Davis ya está disponible para leer en la aplicación Galatea. Lee los dos primeros capítulos a continuación, o descarga Galatea para disfrutar de la experiencia completa.

 


 

La aplicación ha recibido el reconocimiento de la BBC, Forbes y The Guardian por ser la aplicación de moda para novelas explosivas de nuevo Romance.
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1

Resumen

Una camarera que lucha por cuidar a su hermano enfermo recibe una oferta que no puede rechazar. Si se casa con el rico y dominante CEO de una empresa y le da un heredero en el plazo de un año, él le pagará un millón de libras y ayudará a su hermano a operarse. ¿La vida en el castillo será una tortura, o podrá encontrar la felicidad? ¿Tal vez incluso el amor?

Calificación por edades: 18+

Autora original: Kim L. Davis

Nota: Esta historia es la versión original de la autora y no tiene sonido.

ALICE

Crucé la pierna derecha sobre la izquierda, mirando el reloj que me indicaba que llevaba una hora sentada.

Agarrando mi expediente, esperé mi turno para entrar en el despacho del CEO para mi entrevista.

Pero cuando miré a mi alrededor, tomando nota de las casi cincuenta mujeres que esperaban su turno, supe que iba a pasar mucho tiempo antes de que me permitieran entrar, lo que no ayudó a disminuir mi ansiedad en lo más mínimo.

Necesitaba acabar con esta entrevista lo antes posible. Mi hermano pequeño estaba solo en casa, lo que no era ideal para su estado actual, y yo necesitaba estar con él.

La puerta del despacho del CEO se abrió y una mujer de pelo rubio salió llorando a mares. El rímel se le corría en finos chorros negros y sus ojos grises estaban inyectados en sangre.

Sin decir una palabra, la mujer se dirigió al único ascensor de la planta y pulsó repetidamente el botón de llamada hasta que llegó el ascensor. Al entrar en el ascensor, desapareció al cerrarse las puertas.

—Número veintisiete, señorita Hannah, el señor Maslow la verá ahora —dijo la señora de la recepción en un tono monótono.

Una dama de pelo negro azabache y ojos verdes de gato se levantó con elegancia y alisó su ya liso vestido rosa.

Con una sonrisa seductora, se paseó con confianza por el interior de la oficina. No entendía cómo no se estaba congelando con ese vestido tan ligero.

Mi confianza vaciló por vigésimo séptima vez al ver a otra hermosa mujer ir a su entrevista. Aunque el hombre en sí no me interesaba en absoluto, sí me interesaba lo que me ofrecía. Dinero.

Gideon Maslow poseía el mayor imperio empresarial del mundo y era la definición misma de la riqueza; era prácticamente de la realeza. No había nada en este mundo que el hombre no pudiera comprar.

Era dueño de cinco islas privadas y planeaba comprar una en las Bahamas, algo que supe tras investigar sobre él cuando vi el anuncio en el periódico.

Era un día más en el que ojeaba el periódico en busca de un tercer empleo cuando me encontré con un anuncio inusual.

Se busca novia

Gideon Maslow, un empresario de renombre mundial, necesita una novia potencial que pueda, en menos de un año, proporcionarle un heredero que le permita heredar su imperio en el futuro.

El señor Maslow pagará a la mujer un millón de libras en efectivo una vez que nazca el bebé y termine el contrato de un año de duración.

Las entrevistas para la posible novia del señor Maslow se llevarán a cabo desde el 6 de diciembre de 2015 hasta el 7 de diciembre de 2015.

Todas las candidatas interesadas deben traer sus currículums con todos los detalles sobre ellas, incluyendo su edad, raza, antecedentes, enfermedades genéticas, etcétera. Las candidatas con información falsa serán descalificadas.

Para más información, póngase en contacto con la sede de Maslow Enterprises.

Se ha facilitado un número de contacto.

Ver la cuantiosa cantidad que el hombre estaba pagando era la única razón por la que estaba sentada fuera de su oficina, esperando mi turno, ignorando los calambres en el trasero por estar sentada tanto tiempo.

Cuando vi la cantidad, supe que el dinero sería suficiente para la operación de mi hermano, y tenía que hacer todo lo posible para asegurarme de que el señor Maslow me eligiera para ser su esposa.

Todo lo que tenía que hacer era darle un heredero, y entonces podría salvar la vida de mi hermano. Solo deseaba que me eligiera a mí.

La puerta se abrió de nuevo, y la señorita, Hannah, salió furiosa con aspecto lívido. Tenía los labios contraídos en un gruñido. Gruñendo con rabia, se dirigió al ascensor.

—¡Ese imbécil me ha rechazado porque no soy virgen! ¿De qué planeta es? —gritó, ganándose los bufidos de algunas mujeres. Las puertas del ascensor se abrieron y Hannah no perdió tiempo en entrar.

Una vez que las puertas del ascensor se cerraron, suspiré aliviada, contenta por el hecho de seguir siendo virgen. Empecé a juguetear con el collar que llevaba al cuello. Nico, mi hermano pequeño, me había regalado el collar en mi decimonoveno cumpleaños.

No era nada extravagante, solo un simple amuleto de oro rosa con una fina cadena chapada en oro, pero significaba el mundo para mí. Habían pasado cuatro años y nunca me lo había quitado; era mi amuleto de la suerte.

—Número veintiocho, señorita Alice. El señor Maslow la recibirá ahora —dijo la señora de la recepción con la misma voz monocorde.

Mi corazón empezó a latir con fuerza mientras me levantaba lentamente, haciendo todo lo posible por parecer elegante, haciéndolo igual que las demás mujeres, pero sabía que no lo había conseguido precisamente.

Apretando el cinturón de mi abrigo alrededor de mi cintura, apreté mi carpeta contra mi pecho y caminé lentamente hacia la puerta de madera, hacia lo que podría o no ayudar a salvar la vida de mi hermano; mi corazón martillando contra mi caja torácica.

Respirando profundamente, giré suavemente el pomo y entré en el despacho de Gideon Maslow. El despacho era, como mínimo, precioso. El interior no era lujoso, pero parecía caro.

Había dos sofás blancos de tamaño normal, uno frente a la enorme ventana de cristal que iba del suelo al techo y el otro frente al primero, con una mesa de cristal en el centro.

A mi derecha, había un escritorio con todo el material de oficina bien colocado, con una gran silla giratoria de color marrón oscuro detrás.

Contra la pared había varios armarios grandes de madera oscura, y unas cuantas plantas en macetas colocadas con maestría en la habitación completaban el aspecto.

Sentados en el sofá contra la ventana de cristal había cuatro hombres inmaculadamente vestidos. Todos ellos llevaban caros trajes de diseño.

El que estaba sentado en la esquina izquierda parecía ser el más viejo, con el pelo castaño oscuro, que estaba encaneciendo ligeramente en los bordes, con unos penetrantes ojos marrones. Su rostro era duro, con solo algunas arrugas que denotaban su avanzada edad.

Junto al hombre de más edad se sentaba un joven que no parecía tener más de veinte años. Su aspecto era similar al del hombre de la izquierda, salvo que tenía el pelo rubio rizado y los ojos verde mar. Su rostro era suave y tenía un cuerpo delgado.

Junto al joven estaba sentado un hombre de unos veintisiete años. Tenía una mandíbula afilada, un grueso cabello castaño y unos penetrantes ojos verde mar. Me resultaba vagamente familiar; sin embargo, no recordaba dónde lo había visto.

Solo con mirarlo me recorrió un escalofrío. El hombre parecía mortal, listo para atacar. Sabía que era el tipo de hombre que no dudaría en derribar a su oponente, sin importar quién fuera.

El siguiente hombre de la fila parecía tener unos veinticinco años, con el pelo castaño rizado y unos suaves ojos marrones. Su atractivo rostro lucía una suave sonrisa, que extrañamente me tranquilizó.

Parecía un poco voluminoso, como si hiciera mucho ejercicio. Pero me gustó mucho. De los cuatro, el último fue el que no me hizo sentir como si acabara de entrar en la boca del lobo.

—Siéntese, señorita. No tenemos mucho tiempo —dijo el mortífago.

Me senté rápidamente en el sofá de enfrente y puse mi expediente sobre la mesa de cristal, que el mortífago cogió al instante, abriéndolo y escudriñando rápidamente su contenido, con el rostro vacío de emociones.

—¿Cómo se llama? —preguntó el mayor de los cuatro hombres. Tenía una voz profunda y hablaba con determinación.

—Alice Gardner, señor —respondí amablemente, clavando las uñas en las palmas de las manos para evitar que mi corazón palpitara con fuerza.

—¿De dónde es? —preguntó el mismo hombre.

—Del este de Londres, señor —respondí.

—Eres pobre —afirmó el mortífago de ojos verde mar. Su voz era rica y suave, como el chocolate derretido, pero hablaba con un tinte peligroso en su tono.

Sus ojos eran duros mientras me escudriñaban, haciéndome sentir como una rata bajo observación.

—Yo… yo… —me quedé sin palabras. No podía negar el hecho de que, efectivamente, era muy pobre. Pero oírlo decir de forma tan despectiva me hizo sentir estúpida por haber pensado en venir aquí.

—¿Por qué ha venido aquí? —preguntó el más joven de los cuatro.

Mi mano voló instantáneamente a mi collar al sentirme abrumada por estar sentada frente a estos hombres ricos. —Necesito el dinero —respondí con sinceridad.

—Vaya, no puedes ser más honesta, ¿no? Y nosotros que pensábamos que ibas a profesar tu amor eterno por mi hermano —afirmó el hombre voluminoso con una sonrisa divertida.

Bajando la mirada, mientras un rubor coloreaba mis mejillas, seguí jugueteando con mi collar.

—Con todo el respeto, señor, ¿cómo puedo profesar mi amor por un hombre del que no tenía ni idea que existía hasta hace dos días? —solté, y luego me maldije por balbucear.

—Ay, eso debe de haber dolido, ¿eh, Gideon? —se burló el hombre voluminoso, mirando a su hermano, que parecía querer asesinarme.

Mis ojos se abrieron ligeramente. ¿Era Gideon? ¡¿Gideon Maslow?! No me extraña que me resultara familiar. Había visto sus fotos en Internet. Realmente parecía uno de los solteros más codiciados de Londres.

—¿Por qué quiere el dinero? —preguntó Gideon.

—Mi hermano pequeño tiene CIV, comunicación interventricular. Tiene un agujero en el corazó, y necesito dinero para su operación —respondí, sin que mis dedos abandonaran el collar.

—Así que está dispuesta a casarSe conmigo y darme un heredero para conseguir dinero para la operación de Su hermano pequeño, ¿es así? —preguntó, como si confirmara lo que acababa de decir.

Asentí con la cabeza, esperando que estuviera de acuerdo con el matrimonio. —Sí, señor.

—¿Qué Le hace pensar que me casaría CON USTED? —preguntó con arrogancia.

—¿Perdón?

—Después de revisar Su información, no estoy muy convencido de quererla como esposa. Sus padres murieron a causa de una enfermedad cardíaca, y su hermano también padece una enfermedad cardíaca, lo que significa que, en el futuro, hay muchas posibilidades de que usted también padezca una enfermedad cardíaca, y no quiero que mi hijo tenga un corazón defectuoso —declaró.

—No es necesariamente cierto que vaya a sufrir una enfermedad cardíaca —argumenté.

—Sí, puede ser que no, pero también hay otras cosas. Solo tiene el título de bachillerato, lo que significa que tampoco tiene una gran formación.

Trabaja en un bar de mala muerte y en una gasolinera, lo que supone un entorno poco higiénico, lo que supone que su cuerpo está lleno de todo tipo de productos químicos tóxicos que ha inhalado, por no mencionar el hecho de que vive en el East End de Londres, un lugar para los pobres —replicó, haciéndome sentir más pequeña con cada palabra.

—La única razón por la que no fui a la universidad fue porque mis dos padres fallecieron y tuve que cuidar de mi hermano pequeño. Tengo dos trabajos para comprar medicamentos para mi hermano y todavía tengo que ahorrar algo de dinero para su operación.

El East End de Londres es el lugar en el que nací y crecí. No puedo ni quiero disculparme por ello —expliqué, deseando desesperadamente salir corriendo.

—Dígame, ¿ha comido alguna vez en un restaurante caro? ¿Ha estado alguna vez en un acto benéfico? —preguntó.

—No tengo tanto dinero, señor, y si lo tuviera, lo primero que haría sería conseguirle a mi hermano la cirugía que necesita —respondí con firmeza.

—Su color de pelo, ¿es natural? —preguntó Gideon.

Pasando una mano por mi pelo ondulado y rubio rojizo color fresa, asentí con la cabeza. —Sí, es natural. Mi madre también tenía el pelo rubio rojizo —respondí con una sonrisa, y el rostro angelical de mi madre pasó ante mis ojos.

—Interesante, sin embargo, debo decir que no hay nada en usted, aparte del hecho de que es virgen, que me atraiga. Ni su genética, ni su situación económica, nada. Busco una mujer con clase y estatus, y desafortunadamente, usted carece de estos rasgos.

No estoy buscando una aventura de una noche; estoy buscando una esposa, y simplemente no veo una esposa en usted —afirmó, sin que sus ojos mostraran una pizca de emoción.

—Sé cómo ser una esposa —me defendí, tratando de encontrar alguna forma de convencer a Gideon para que se casara conmigo. Necesitaba el dinero para Nico.

Me había prometido a mí misma al salir de mi apartamento que haría lo que fuera necesario para convencer a Gideon de que se casara conmigo.

—¿Sabe qué? Si se convierte en mi esposa, yo voy a ser su prioridad, no su hermano, ni nadie más, yo, ¿se da cuenta? —cuestionó Gideon.

—Sé cómo dividir mi tiempo según mis prioridades, y, se lo afirmo, no le decepcionaré —afirmé con seguridad.

Gideon negó con la cabeza y supe que no había forma de convencerle. Mi corazón se hundió. Tenía que encontrar otra forma de conseguir el dinero.

No podía dejar que Nico, mi hermano pequeño, mi única familia, sufriera durante mucho más tiempo. Iba a tener que encontrar un trabajo bien remunerado.

—Lo siento, señorita Gardner. No creo que usted sea la mujer adecuada para mí. Sin embargo, puedo pagar la cirugía de su hermano —ofreció Gideon.

Sacudiendo la cabeza, sonreí y me levanté. —Gracias, pero no. Prefiero ganarme el dinero para la operación de mi hermano. Puede que no sea rica, señor Maslow, pero tampoco soy un caso de caridad.

Le quité mi expediente y lo apreté contra mi pecho.

—¿Está segura? Les beneficiaría mucho a usted y a su hermano —insistió Gideon, pero yo no iba a ceder.

—Puede que me falte clase y estatus, pero tengo dignidad y autoestima. Gracias por su tiempo, señor Maslow. Ahora me voy. Adiós, señor Maslow —dije.

Girando sobre mis talones, asegurándome de mantener la cabeza alta, salí del despacho de Gideon Maslow y de su vida.

Al salir del alto edificio que era Maslow Enterprises, empecé a juguetear de nuevo con mi collar, ya que el peso de mis problemas y responsabilidades amenazaba con derribarme.

Mirando alrededor de la ajetreada calle londinense, solo tenía un pensamiento dando vueltas en mi cabeza.

¿Cómo iba a pagar ahora la operación de Nico?

¿Qué iba a hacer ahora?

 

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2

Llamé a la puerta de mi apartamento y esperé a que Nico viniera a abrir la puerta. La ansiedad y la desesperación me corroían por dentro. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Dónde encontraría un trabajo lucrativo?

Todas las empresas preferían a los licenciados universitarios, pero yo solo tenía el bachillerato completo. Si mi padre no hubiera enfermado y mi madre hubiera tenido un trabajo lucrativo, hoy estaría trabajando en alguna empresa exitosa.

Pero si empezaba a pensar en todos los «y si», entonces lo perdería todo, y aunque no tenía mucho que perder, ya tenía bastante.

La puerta de mi apartamento se abrió. Nico estaba frente a mí, sonriendo. Sus ojos verdes, muy parecidos a los míos, brillaban. Su pelo rubio estaba alborotado. El solo hecho de verlo feliz hizo que mis labios se curvaran en una sonrisa involuntaria.

Aunque mi hermano pequeño no tenía precisamente una vida normal, siempre estaba contento, siempre era optimista. Yo me esforzaba por no dejar que nada le preocupara, pero era feliz sin que yo hiciera gran cosa.

—Hola, Nico, ¿cómo estás? —pregunté con una sonrisa, a pesar de que la ansiedad tenía mi corazón palpitando. Rápidamente pasé mis ojos por encima de él, asegurándome de que estaba bien.

—Estoy muy bien, ¿cómo estás tú? ¿Conseguiste el trabajo que querías? —preguntó, levantando un poco la cabeza para mirarme a los ojos.

Aunque solo tenía diez años, Nico ya era tan alto como yo. Sin embargo, debido a mis altos tacones, parecía un poco más alta.

Sacudí la cabeza como respuesta. —No, ya habían contratado a alguien antes de que yo tuviera la oportunidad —mentí, no queriendo que se preocupara.

—Oh, bueno, está bien. Seguro que hay trabajos mejores para ti —respondió con una sonrisa.

—Sí, eso espero —murmuré la última parte para mí, no quería que Nico me viera alterada; su corazón no podría soportar el estrés y la ansiedad.

—¿Podemos salir hoy? Estoy aburrido —se quejó Nico.

Mi corazón se apretó de pena. A causa de su enfermedad cardíaca, me esforcé por que Nico no hiciera esfuerzos; cinco veces sufrió un ataque y tuve que llevarlo al hospital, rezando a Dios para que se pusiera bien.

En todas las ocasiones los médicos me indicaron que me asegurara de que Nico no realizara mucha actividad física y que se operara lo antes posible. Si los médicos supieran lo difícil que es conseguir el dinero.

—Podemos hacer algo en casa. Sabes que no debes hacer esfuerzos —dije, deseando que de alguna manera, de algún lugar, consiguiera el dinero para la cirugía de Nico para que pudiera salir a correr con niños de su edad, en lugar de quedarse encerrado en el apartamento.

La culpa y la desesperación apuñalaron mi corazón cuando la sonrisa de Nico cayó. El brillo de sus ojos se apagó mientras suspiraba audiblemente.

—Hace tres semanas que no salgo. Por favor, Alice, solo veinte minutos. Llévame al parque, a cualquier sitio —suplicó Nico, con los ojos rogándome que cediera.

Suspirando en señal de derrota, miré a mi hermano a los ojos. —Vale, está bien, iremos a la biblioteca y podrás leer libros —concedí. La biblioteca era el único lugar que se me ocurría donde Nico podría pasar el tiempo sin esforzarse.

Nico sonrió, una sonrisa llena de megavatios que tanto me gustaba. Golpeando en el aire, Nico ululó emocionado. —¡Sí! Voy a buscar mi chaqueta —afirmó y luego corrió hacia su habitación.

—No corras —lo reprendí. Sacudiendo la cabeza, fui a mi habitación a buscar mi cartera. Como ya llevaba puesta la gabardina, solo tuve que sacar del armario el gorro de lana y los guantes.

Aunque era la tarde, me aseguré de permanecer protegida. Los inviernos londinenses pueden ser crueles.

Cambiando mis tacones por unas cómodas zapatillas, cerré el armario y salí de mi habitación hacia el salón, donde ya estaba Nico.

—Apúrate, Alice, no queremos que la biblioteca cierre —dijo Nico apurado.

—No va a cerrar tan temprano, ¿y dónde está tu mochila? —pregunté.

—En la silla —Cogí la mochila negra y me la colgué del hombro. Tenía que llevar la mochila a la biblioteca para que Nico no tuviera que cargar con libros pesados.

—Vamos —dije. Nico no perdió tiempo y salió corriendo del piso, lo que provocó una repentina sacudida en mi corazón. —¡Deja de correr! —lo regañé, siguiéndolo, asegurándome de cerrar la puerta principal.

Fuera hacía bastante frío, pero era de esperar. Puede que Nico y yo vivamos en una de las zonas más pobres de Londres, pero las calles siempre estaban llenas de gente. La gente se arremolinaba, corriendo de aquí para allá.

Era casi la hora de comer, lo que explicaba la multitud. Me aseguré de sujetar con fuerza la mano de Nico, para que no se perdiera.

Después de unos veinte minutos de entrar y salir de la multitud del East End londinense, Nico y yo llegamos por fin a la biblioteca. Nico no perdió tiempo en entrar e inmediatamente se apresuró a ir al pasillo de biología, dejándome sola.

Queriendo asegurarme de que estaba bien, seguí a Nico a la sección de biología, solo para encontrarlo sentado en uno de los muchos sacos de frijoles en una esquina, leyendo un libro grande y gordo, mientras un montón de libros estaban sentados a su lado en la pequeña mesa.

—Parece que tienes una obsesión con la biología —comenté, mirando a Nico que leía sobre el corazón.

Cada vez que Nico y yo visitábamos la biblioteca, él siempre optaba por leer libros de ciencia, principalmente de biología, lo que me parecía extraño y a la vez impresionante, ya que un niño de su edad normalmente quería leer sobre superhéroes y cosas así.

—Quiero ser médico, Alice. Por eso necesito estudiar mucho, para poder ayudar a la gente con enfermedades del corazón. Así nadie tendrá que quedarse en casa por culpa de un corazón malo —respondió, con una mirada decidida.

Unas lágrimas no deseadas se agolparon en mis ojos al escuchar la respuesta de mi hermano. Su enfermedad cardíaca le estaba afectando mucho, tanto física como emocionalmente, y yo no podía hacer nada al respecto.

Parpadeando rápidamente para evitar que se me cayeran las lágrimas, cogí mi collar y empecé a juguetear con él. —Quédate aquí y lee. Yo voy a investigar un poco, ¿vale?

—Vale, pero por favor, ¿podemos quedarnos aquí unas horas? Quiero sentarme a leer aquí —pidió Nico.

Asentí con una sonrisa. —Nos iremos cuando quieras —respondí y luego me di la vuelta y me dirigí a la caja.

—Hola, ¿hay algún ordenador disponible? —le pregunté a la guapa mujer morena que estaba sentada detrás del escritorio, escribiendo en el teclado.

—Claro, hay unos cuantos ordenadores que están libres. Puedes ir a ver —respondió amablemente.

—Gracias —me di la vuelta y me dirigí a la zona de ordenadores. La zona de ordenadores tenía muchos ordenadores, que estaban dispuestos de cinco en cinco, cada uno con su propio mini cubículo.

Lo cual era increíble, ya que uno tenía total privacidad cuando trabajaba.

Al encontrar un cubículo vacío, me senté en la silla giratoria y encendí el ordenador. En cuanto abrí la pestaña de Internet, me apresuré a buscar trabajos lucrativos en línea.

Preferiría conseguir un trabajo online para poder trabajar desde casa. Así no tendría que dejar solo a Nico y podría cuidar de él.

Cuando encendí el ordenador, estaba llena de esperanza, pero ahora, después de buscar en casi cincuenta enlaces, empezaba a perderla. Ningún trabajo online pagaba más de lo que ya ganaba en el bar y en la gasolinera.

Aunque optara por un trabajo en línea, ahora me daba cuenta de que no podría arreglármelas para trabajar en línea debido a mis extraños horarios en el bar y la gasolinera. Sin embargo, seguí buscando enlace tras enlace, rezando a Dios para que me consiguiera un trabajo.

—Hola, ¿Alice? —la voz de Nico me sobresaltó. Miré a mi derecha para ver a Nico de pie con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Sí, ¿qué pasa? ¿Estás bien? —pregunté, preocupada.

—Sí, solo quería decirte que creo que deberíamos irnos. Tu turno está a punto de empezar —me dijo.

Mirando mi reloj de pulsera, maldije en voz baja. Habían pasado cinco horas desde que Nico y yo habíamos llegado aquí, y él tenía razón; mi turno en la gasolinera estaba a punto de empezar.

Apagando apresuradamente el ordenador, me levanté y cogí la mochila. —¿Te han prestado algún libro? —le pregunté a Nico.

Asintió con la cabeza. —Sí, están en la caja —respondió.

Cogiéndole de la mano, me dirigí a la caja para ver a la señora que sacaba el último libro y lo apilaba sobre la ya enorme pila. Sin decir nada, abrí la bolsa y metí en ella ocho de los libros gordos.

Una vez metidos todos los libros, cerré la cremallera de la bolsa y me la colgué del hombro, asegurándome de que nadie viera lo incómoda que estaba con la pesada bolsa. Nos despedimos de la bibliotecaria y Nico y yo salimos de la biblioteca.

La multitud había disminuido considerablemente en el lapso de cinco horas. No se veía mucha gente deambulando por allí, lo que hacía innecesario agarrarse a la mano de Nico.

A pesar de ello, me aseguré de que Nico caminara lo más cerca posible de mí. No podía arriesgarme a que caminara a distancia; su enfermedad cardíaca me había convertido en un desastre ansioso y preocupante.

Llegamos a nuestro piso en menos de veinte minutos. Desbloqueando la puerta principal, me apresuré a entrar y poner la mochila en la habitación de Nico. No quería que la cargara ni nada por el estilo.

Si pusiera la bolsa en su habitación, Nico podría abrirla y leer el libro que quisiera. Si algún día me hiciera rica, le compraría a Nico una estantería donde pudiera poner sus libros y otras chucherías.

Haciendo rodar el hombro para aliviar el dolor, salí de la habitación de Nico y me dirigí a la cocina para preparar su cena. Todavía tenía una hora antes de que empezara mi turno, lo cual era suficiente para preparar una sopa de verduras italiana.

Quería hacer a Nico algo como una hamburguesa a la parrilla, que hubiera sido más fácil, pero no era bueno para su corazón, y nunca pondría en peligro la salud de Nico solo para hacerme la vida más fácil.

El timbre de la puerta sonó cuando estaba cortando las verduras. Fruncí el ceño, la curiosidad floreció en mi interior. ¿Quién nos visitaría a estas horas? No era hora de que llegaran el lechero o el casero, así que ¿quién estaba en la puerta?

Bajé el cuchillo y estuve a punto de ir a ver quién era, pero Nico se me adelantó.

—Lo tengo, Alice. Haz tú la cena —gritó Nico. Volví a coger el cuchillo de mala gana y volví a cortar; sin embargo, mi mente se preguntaba quién estaría en la puerta, mientras agudizaba los oídos para escuchar cualquier cosa extraña.

Cuando todo lo que oí fueron palabras extrañas e incomprensibles, volví a dejar el cuchillo y fui a comprobar con quién estaba hablando Nico.

—Nico, ¿quién es…? —mis palabras murieron en mi garganta al ver a los hombres de pie en el umbral de mi piso.

Gideon Maslow —junto con su hermano y el hombre mayor, que supuse que era su padre— estaba de pie en el umbral de mi piso, con un aspecto tan mortífero como siempre, sus ojos ilegibles.

—Vaya, eres más baja de lo que pensaba —comentó el hermano de Gideon.

Ignorando su comentario, dirigí mi atención a Gideon. —¿Está todo bien?

—¿No vas a invitarnos a entrar, jovencita? —preguntó el padre de Gideon.

Mis mejillas se calentaron por la vergüenza. —Por supuesto, mis disculpas, por favor, pase —dije amablemente.

Los tres hombres entraron en mi piso y Nico cerró la puerta. —Alice, ¿conoces a estas personas? —preguntó Nico.

—Sí,los conozco, Nico. ¿Por qué no te vas a tu habitación mientras yo hablo con ellos? —le dije.

—¿Estás en peligro? —preguntó ansioso.

—No, no, en absoluto, solo necesito hablar con ellos de algo importante, eso es todo. Te llamaré en cuanto se vayan —respondí.

—De acuerdo, pero llámame si estás en peligro —afirmó.

—Lo haré —respondí.

—¿Lo prometes? —levantó el dedo meñique.

Enlazando mi dedo meñique con el suyo, sonreí. —Lo prometo.

Satisfecho, Nico entró en su habitación, cerrando la puerta suavemente tras de sí, mientras yo iba al salón donde Gideon estaba sentado con los otros dos hombres.

—Entonces, pastelito, ¿qué eres? ¿un metro cuarenta, un metro cuarenta y cinco? —preguntó el hermano de Gideon.

—Mido un metro y medio —afirmé— ¿Quieren algo de beber? —les pregunté, sin olvidar mis modales.

—No, vete a hacer las maletas —ordenó Gideon, clavando sus ojos verde mar en los míos. El corazón me dio un vuelco cuando Gideon me miró fijamente, con sus ojos que deseaban que me sometiera.

—¿Por qué? —pregunté, con el temor subiendo por mi espina dorsal. Si tenía alguna intención de separarme de mi hermano, entonces mejor sería que pensara otra cosa.

—Porque yo lo digo —afirmó Gideon con sencillez.

Sacudí la cabeza. —Lo siento, señor Maslow, pero no haré nada de lo que me diga si no obtengo una respuesta razonable—afirmé.

Los ojos de Gideon se endurecieron, parecieron fragmentos verdes. —Haz lo que te digo —ordenó.

—Primero deme una razón válida —exigí.

—Vaya, eres muy obstinada—dijo el hermano de Gideon.

—Cállate, Kieran —espetó Gideon. Oh, así que ese era su nombre. Me gustaba Kieran. No era tan intimidante como Gideon. Me pregunté dónde estaría el más joven.

Levantándose, Gideon se acercó a mí hasta situarse a pocos centímetros de mí. Levanté la cabeza para mirarle. No llevaba tacones, y Gideon se alzaba sobre mí, haciéndome sentir vulnerable.

—Ve a hacer las maletas, pequeño melocotón. No te lo volveré a decir —afirmó en un tono oscuro, amenazante.

—¿Por qué? —cuestioné, sin dejarme vencer. Yo no era su esclava. Tenía que darme una razón antes de hacer cualquier cosa que me pidiera.

Sus siguientes palabras hicieron que mis ojos se abrieran de par en par, sorprendidos.

—Nos vamos a casar.

 

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Rehén

A Clarice le ha protegido toda su vida su padre sobreprotector, y está muy distanciada de su loba interior. Cuando perdió el control mientras se transformaba, Clarice acabó siendo rehén del rey Cerberus Thorne, el conocido líder de todos los hombres lobo. Atrapada en su castillo, Clarice descubrirá que su destino está ligado al de Cerberus, pero, ¿podrá domar a su salvaje compañero antes de que sea demasiado tarde?

Clasificación por edades: 18+

Nota: Esta es la versión original de la autora y no tiene sonido.

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De nuevo el amor

Josiah es un motero que llora la muerte de su esposa. Cuando hereda inesperadamente dos negocios en la ciudad de Bracketville, conoce a Brooke, una mujer de la localidad que espera escapar a pastos más verdes. La pareja no tarda en estrechar lazos, viendo en el otro una oportunidad para empezar de nuevo. Pero ser el líder de un grupo de moteros es peligroso y pone en riesgo el futuro de los jóvenes amantes…^

Calificación por edades: 18+

Autora original: E. Adamson

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El Alfa Milenario

Eve tiene poderes más fuertes que la mayoría, pero cuando se le asigna una misión con un premio que no puede rechazar, empieza a preguntarse si es lo suficientemente fuerte para completarla. Con vampiros, hombres lobo renegados y deidades malvadas tras ella, la determinación de Eve se pone en duda, y todo eso antes de encontrar a su pareja…

Del universo de Lobos Milenarios.

Calificación por edades: 18+

Autora original: Sapir Englard

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Visiones

La chica nueva, Raven Zheng, tiene un secreto: puede ver fantasmas. La leyenda local, Cade Woods, también tiene sus propias habilidades especiales. Tras una serie de asesinatos, los adolescentes deciden utilizar sus dones para atrapar al asesino. Pero cuando Raven se entera de la oscura historia de Cade, se pregunta si realmente se puede confiar en él…

Calificación por edades: 13+

Autora original: Samantha Pfundheller

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Esclava del dragón

¡Viaja al pasado en esta reinterpretación medieval de la excitante Ciudad Réquiem! Madeline ha servido a los poderosos dragones cambiantes de la Horda de Réquiem desde que era joven. En su decimoctavo cumpleaños, Hael, el mismísimo Señor Dragón, fija sus ojos verde esmeralda en Madeline. Tiene planes mayores para ella. ¿Será Madeline la servil esclava sexual que Hael requiere? ¿O será que este ser ultra sexy ha encontrado a su pareja?

Clasificación por edades 18+

Autora original: C. Swallow

Nota: Esta historia es la versión original de la autora y no tiene sonido.

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